Jueves 21 de Enero de 2010
Motociclistas, familias enteras, sin cascos, muchas veces por las veredas y de contramano, circulando impunemente frente a impávidos inspectores de tránsito. Fines de semana con calles plagadas de automóviles carentes de patente, paragolpes y faros. Automóviles sobre las veredas impidiendo el paso de peatones, personas con sillas de ruedas e incluso ciegos. El bloqueo de las rampas para personas con alguna discapacidad no escapa a esa costumbre. Perros sin bozal, a veces sin correa, dejando a su paso las deposiciones objeto de arrastre por el ciudadano no avisado. Contenedores desbordando de desperdicios, rodeados de ramajes de tamaño descomunal, objeto del depósito por parte de comedidos conductores de carros a tracción a sangre, con la tácita complicidad por parte del vecinos que, por unos pesos, se "saca de encima un problema" producto de la poda. Y estos carros, arrastrados por maltratados animales, van dejando a su paso montañitas de excrementos que serán llevados por las cubiertas de los automóviles a los interiores de cuidados y desinfectados garages domiciliarios. ¿No teníamos que lavarnos las manos con alcohol? Ciclistas circulando impunemente por peatonales y calles de la ciudad, a la espera del arrebato de cadenas, teléfonos, bolsos, carteras y todo aquello al alcance de su tenacidad. Conductores utilizando con más dedicación su teléfono celular que el volante o la luz de giro. Vehículos de transporte público dificultando el ascenso y descenso de pasajeros, deteniéndose a larga distancia del cordón de la vereda. Todo ello padecido por resignados pasajeros, sujetos muchas veces al arbitrio de conductores y compañías, verdaderos malabaristas de horarios y recorridos. Ciudadanos descontentos incinerando gomas, sembrando sutiles semillas de cáncer por los aires de la ciudad. Y ello muchas veces acompañado por campamentos a plena calle, implicando bloqueos y desvíos del tránsito. Mínimo resumen de una paisaje harto conocido por todos. Cabe aquí una reflexión. Es indudable que una considerable proporción de la sociedad se burla y ríe de funcionarios, disposiciones y ordenanzas (cuando no, de alguna ley). Esto hace suponer que, con nuestros abultados impuestos, estamos manteniendo a personas que son consideradas el hazmerreir por esa porción de la población que se ha descripto. ¿No habrá llegado la hora de que los mandatarios, que han designado a esos funcionarios así descalificados, tomen las riendas de la decisión de salvaguardarlos ante la sociedad y los lleven a tornar esa imagen payasesca asignada por algunos en la verdadera figura del que está ejerciendo una responsable actividad social? Francamente desconcertado.
Antonio E. Longo, DNI 6.027.270