Miércoles 02 de Diciembre de 2009
Quizá no vuelva a repetirse en un Congreso de la Lengua una exposición inigualable, insólita, plena de vida, como la de Fontanarrosa en aquel evento del 2004 que podría ser más recordado por esa apasionada defensa de las "malas palabras" ante un mundo académico y ante el mundo. Este recuerdo puede no servir cabalmente a los dichos de Maradona de días pasados. Pero tiene algún paralelo; y las paralelas tendiendo hacia la lejanía se encuentran. Se ha dicho por otros medios que un senador electo, un diputado electo, tuvieron expresiones groseras sobre cosas serias; han habido otras; hay colas infinitas que se muestran con lenguaje preprostibulario; la "honorable" sociedad de los defensores del lenguaje no se sintió conmovida por esa procacidad, que es posible no la defiendan porque no lo conocen o no lo sienten. Las tribunas son escuelas; quién no escuchó "Bambino, taratata...". Los debates de hinchadas son de un riquísimo contenido no apto quizá para profesores de lingüística, pero tienen una honda creatividad. Crean su lenguaje para el fútbol. Hay una paradoja o no: el lingüista Fontanarrosa era un ferviente hincha de fútbol. Es como decir: el lenguaje de las hinchadas nutría su bagaje cultural. El dibujo, ya otro género, casi póstumo de un "canalla" es extraordinario. Sobre Maradona se lanzó toda la "pituquería" y otros quedaron simplemente horrorizados. Maradona nos regaló las más bellas jugadas en un deporte que miran millones y millones, primer deporte en espectáculo. ¿Cuántas jugadas de él, el mejor del mundo, forman parte irrepetible, seguramente, de las obras de mayor belleza? En fútbol soy un "tronco" como tantos hinchas que vaya a saber por qué pueden dar hasta lo mejor de sí por el fútbol y no creo que haya sociólogo que lo explique (y que le crean). Maradona es de ese mundo; yo puedo no haber dicho las "malas palabras". Pero pienso en el contexto y que yo no soy el mejor jugador.
Jaskel Shapiro, jshapiro@arnet.com.ar