Martes 08 de Septiembre de 2015
El espectador cinematográfico promedio suele incomodarse frente a las estéticas de la brutalidad. La agresión desmedida, la vulneración exasperante de los cuerpos o la apuesta a la humillación como método visual impactan negativamente en paladares artísticos que aspiran a que la franqueza del mensaje no conspire definitivamente contra las armonías del buen gusto. Se sugiere entonces la conveniencia de postular lo mismo aunque de otra manera, más insinuante, menos impúdica; respetuosa en fin de una sensibilidad mayoritariamente moderada.
Tiempo atrás tuve la oportunidad de presenciar una película que testimonia ejemplarmente estas cavilaciones. Me refiero a "Irreversible" del director Gaspar Noé. El tema del film no exhala por cierto originalidad, pues expone una violación y la venganza que ésta desata. Pero incorpora dos peculiaridades que lo tornan cautivante. El ultraje que desencadena la historia ocurre al inicio, y el relato retrospectivo se encarga de señalar la felicidad que embarga a los protagonistas hasta que el drama irrumpe. Contra las narrativas habituales, donde el mal a la postre se evita o llega cuando todo concluye, aquí el espectador se sitúa en un constante padecimiento. Desde las primeras imágenes sabemos que todo culmina de la peor forma. Por si ésto fuese poco, las dos escenas vertebrales son literalmente insoportables. La violación y la venganza no escatiman ningún detalle revulsivo.
No hay en la valoración positiva de esta obra una inclinación al sadomasoquismo, sino la sincera apreciación de un principio antropológico inquietante. Una latente animalidad acosa la transparencia de la conciencia humana, una explosiva instintividad interfiere las decisiones que supuestamente deberían regirse por una racional ponderación de las opciones. El film de Noé, en clave paradojal, maximiza la exhibición de actos violentos para advertir cómo se desbarrancan un conjunto de vidas aprisionadas por una lógica pulsional que asoma sus fauces entre los residuos de semen y sangre.
Análogas preocupaciones organizan la destacada producción del ya fallecido Stanley Kubrick. Vista con detenimiento, su enigmática "2001 Odisea del espacio" transmite un mensaje inequívoco. La historia humana propiamente comienza cuando el mono avanzado descubre las potencialidades de la violencia, y tanto el hueso primitivo como la sofisticada computadora Hall se distinguen por su capacidad de dañar. Su recurrente y famosa pared azul metaforiza una suerte de filosofía del desarrollo civilizatorio que descree de toda posibilidad de progreso no tecnológico. Los siglos transcurren y la violencia primigenia permanece allí.
"La Naranja Mecánica" reitera dicho registro analítico. El pandillero que viola y mata gratuitamente en aquel universo de pesadilla es finalmente apresado y sometido a un sinnúmero de terapias conductistas. Aparentemente reencauzado y domesticado en sus desenfrenos, la escena final insiste en testificar el pesimismo de Kubrick. El personaje atesora con placer en el submundo de su conciencia groseras perversiones que seguramente volverá a acometer. Nuevamente, oscuras fuerzas digitan desde las penumbras la acción intencional de los sujetos.
Vale señalar que el séptimo arte vuelca en ficción conceptos que las ciencias sociales contemporáneas abordaron con creciente esmero doctrinario. La idea cartesiana de que el hombre se define como una cosa que piensa, esto es por su facultad para ejercer el uso autónomo de la razón, ha recibido a esta altura caudalosas estrategias impugnadoras. El psicoanálisis y el marxismo fueron, sin dudas, los emprendimientos intelectuales que con mayor agudeza y espesor describieron los ingredientes pre-reflexivos que restringen las prerrogativas de la voluntad libre.
En el primer caso, es el desmembramiento del vínculo edípico originario y el deseo perpetuamente frustrado por reponerlo el que da nacimiento a un sujeto fracturado, siempre carente, abastecido por un subsuelo inconciente que recuerda la vigencia de aquellos traumas irresueltos. La pulsión libidinal, el objeto sexual, son reposiciones sustitutas de un retorno imposible a la plenitud.
El segundo recorre una senda similar, sólo que indicando que lo que desgarra la soberanía de la subjetividad no es una personalidad fallida sino la inserción material en las relaciones sociales de producción. Proletarios, campesinos o burgueses, los individuos deciden estando ya encarnados en un conjunto de invariancias estructurales que los preexisten y sostienen.
Si para Freud el deseo siempre trunco deviene combustible de la acción humana, para Marx es la escasez, entendida como carencia de satisfacción de bienes que hacen factible la subsistencia, lo que permite auscultar el movimiento perfectivo de las civilizaciones.
Ambos sin embargo procuran evitar el puro determinismo. Tanto el terapeuta agudo como la vanguardia socialista esclarecida harán emerger lo que yacía oculto, favoreciendo la cura, suscitando revoluciones donde el género humano recupera el autogobierno de su destino.
Jean Paul Sartre, respetuoso de sus contendientes, discrepa sin embargo con ellos en un punto fundamental. No es la carencia la que da origen a mi acción, ni un plexo de determinaciones el que argumenta mis proyectos restringiendo sus alcances; sino que es mi estrategia de acción sobre el mundo la que vuelve visible las necesidades. De otra manera. Advierto lo que me falta tras ya haber decidido, en pleno ejercicio de la libertad, lo que quiero ser. Yendo a un ejemplo sartreano. Descubro que carezco de botines tras ya haber decidido convertirme en jugador de fútbol; detecto la presencia de indignas desigualdades sociales tras ya haber decidido que aspiro a una sociedad sin clases.
En los sistemas políticos contemporáneos, cuando las oposiciones sufren drásticas derrotas, suelen denunciar al contrincante por haber incurrido en perniciosos clientelismos. Repartija de ventajas materiales inmediatas a cambio de consentimientos electorales momentáneos pero relevantes. Sin escrúpulos, se especula con las sufrientes carencias del votante, distorsionando así una opción política que se aguarda ponderada y racional. El sufragio se desvirtúa, la democracia se malogra, y proliferan las iracundias frente a la distribución de electrodomésticos.
El voto popular se nutre siempre de tres elementos. Recordar lo que se tuvo, defender lo que se tiene, y construir aquello que se anhela tener. Memoria político-cultural, beneficios tangibles y horizonte de expectativas. Tres componentes que, en variable combinación, permiten alumbrar decisiones libres, racionales. Si se convalida a un gobernante por la prebenda que otorga será porque los pergaminos y las promesas de su rival de turno resultan torpes, insustentables, escuálidas en credibilidad. Suponer que el pobre únicamente decide urgido por la animalidad de la carencia es además de una zoncera antropológica un suicidio político.
Solicitar a las mayorías que modifiquen sus preferencias partidarias y arriesguen lo que consideran legítimamente suyo, sin acreditar meritorias tradiciones, gestión pública convincente y/o verosímiles alternativas de recambio exige saltos al vacío que los pueblos, racionalmente, desechan. Traficar con el padecimiento de los humildes es una práctica tan habitual como deleznable. Poder combatirla con eficacia requiere, en primer término, admitir que el supuesto manipulado generalmente sabe bien lo que hace.