Falta de controles en las calles
El domingo pasado a la mañana salí a pasear a mis perras por la zona de la Isla de los Inventos.

Lunes 24 de Marzo de 2014

El domingo pasado a la mañana salí a pasear a mis perras por la zona de la Isla de los Inventos. Vivo en Roca y Urquiza, y el paseo hasta el parque no demora más de cinco minutos. El primer episodio inadmisible que sufrí fue en Roca y Catamarca, un Renault Clío blanco conducido por un joven de alrededor de 25 años (que iba extrañamente solo), de pronto comenzó a tocar bocina como si estuviese festejando un gol, sin excusa aparente, molestando a toda la cuadra que, al ser domingo, seguro aún dormía. Dobló en Salta, a toda velocidad, y se perdió de vista. Luego, al llegar a Illía y ya caminando por ese último sendero que lleva a la zona de Flora, el baño público y las mesitas de cemento, un VW Bora nuevo arremetió por esa calma calle “arando” y quemando los neumáticos (calculo que vendría a unos 80 kilómetros/hora). Me di vuelta, asustado. A mi lado, un repartidor de hielo y su empleado sufrieron el mismo espanto y también se sobresaltaron. Casi nos atropella. El joven, al vernos espantados, lejos de pedir disculpas y con un rostro que claramente denotaba exceso de alcohol y drogas –y no digo esto desde la ignorancia o la exageración, tenía claramente la mirada estrábica, estaba muy colorado, muy transpirado a pesar del frío matinal que reinaba y se babeaba un poco-, se dio cuenta de mi expresión y me preguntó, envalentonado, si yo tenía algún problema. Le dije que no, que el que tenía un problema era él, que yo solo caminaba y no ponía a nadie en peligro con mi andar, a lo que me contestó: “Andá a laburar, pelotudo”, y se fue “arando” nuevamente a encontrarse con sus amigos que lo esperaban 50 metros más adelante, cerca de donde están los vagones reliquia, seguramente para seguir enfiestándose. Seguí mi circuito con las perras hasta Río Mío y luego, al volver hacia Roca, me encontré con una inspectora de Tránsito que ya se disponía a dar directivas en su labor de cortar el tránsito para dar inicio a la “Calle Recreativa”, así que me acerqué a ella y le señalé el auto, que aún se encontraba estacionado al lado de una chata blanca. Se los marqué con el dedo. Los jóvenes estaban sentados en unos bancos cerca de sus vehículos. Estaríamos a 60 metros. La inspectora escuchó mis reclamos y me dijo que sí, que eran “esos pibes de siempre”, a lo que le dije: “Bueno, ahí los tenés, son todos tuyos”, pero me dijo que ella no podía hacer nada, que hasta que no viniese un superior (¿?) ella no podía hacer nada. Esto me hizo indignar mucho y le manifesté, encolerizado, que no me podía estar diciendo lo que me decía, que claramente tenía un caso fácil de accionar ya que desde el episodio en donde casi me atropella hasta el momento en que le hice la denuncia no habían pasado ni 10 minutos, por lo que el joven aún se encontraría bajo los efectos de lo que fuere y que sólo había que llamar a la policía, acercarse hasta el lugar, impedirle que volviese a subir al vehículo y, una vez hecho el control de alcoholemia, multarlo, enviar el auto al corralón, llamar a sus papis, detenerlo o lo que fuere. Pero la mujer continuó diciéndome que ella no podía hacer nada y que si yo tenía problemas, que fuera yo quien llamase a la policía, insistiendo, una vez más, con que ella no podía hacer nada. Yo no tenía mi celular encima porque hay mucha inseguridad en la zona donde vivo y salgo sin nada, con las llaves nomás, así que me fui, desconcertado y harto de resignarme, porque al final no entiendo cuál es el propósito de pagar sueldos a inspectores de tránsito, ¿cuál es su verdadero rol en la ciudad?, porque sólo los veo mandando mensajitos en alguna obra en construcción haciendo changas, colaborando en la Calle Recreativa o multando a padres que estacionan en doble fila en los colegios de sus hijos.

Juan Pablo Scaiola.
DNI 22.400.719