Jueves 19 de Agosto de 2010
Esta carta no sólo responde a la escrita por Marcelo Arderiú del pasado 14 de agosto, sino también a todos los que de un modo u otro se manifiestan tan amargamente respecto del matrimonio entre personas de un mismo sexo. Al respecto, respondo que: a) nunca se trató de ofender a ninguna religión, sino de defenderse de las ofensas recibidas por sus representantes. b) Nunca se trató de ir contra el matrimonio heterosexual, sino de incorporar a la legislación vigente un espectro más justo para todas las parejas que deseen vivir dentro de la institución matrimonial con prescidencia de su identidad sexual. c )Nunca se despreciaron los valores que sustentan las parejas heterosexuales porque decididamente no se pretende ni se necesita hacerlo para que se casen los homosexuales. d) Nunca se atentó contra la salud mental y/o física de los hijos de nadie, sino que se planteó en todo momento que una mayor cantidad de niños provenientes de uniones heterosexuales y abandonados por sus padres biológicos puedan tener una familia tan digna como la pueden formar todos los seres dignos, entre los cuales no hay razón para no incluir a los homosexuales. En definitiva, Arderiú ataca, invoca castigos, cita arbitrariamente versos que él desea interpretar según su exclusivo parecer personal y que los versos no sustentan en sí, y finalmente termina su carta con un mensaje que parece copiado de una burda publicidad de los años 70 u 80 (¡sumate!). Eso entre nos, se llama no saber reconocer, no aceptar la realidad, acusar gratuitamente y fundamentalmente fabular. Nadie ataca la heterosexualidad ni la familia heterosexual, sólo se incluye otra forma de ser y hacer feliz. ¿Ese es el pecado? Por el contrario, es un excelente presagio para la vida.
Carlos Italiano, latinia@fibertel.com.ar