Viernes 07 de Junio de 2013
La cualidad más importante de un hombre es su incondicionalidad. Yo valoro a las personas que están a tu lado cuando lo necesitás, sin importar el momento. Alguien que lo llamás por teléfono y no va a tener excusas, nada le va a impedir darte una mano. La fábrica tiene más de 120 años, millones de personas trabajaron en la misma. Pero si vos me preguntás a quién considero lo más valioso, no dudo en afirmarte que es Miguelito. Muchos me lo niegan, nombran a otros del barrio, pero yo sé que cuando las papas quemaron, ninguno se dignó a venir. El Ruso, como le decimos los que lo conocemos bien, llegó a la planta en el año 97. Teníamos problemas de guita y sindicales, no tan graves como los que vivimos hace dos años. Miguel se hizo cargo de la empresa como un director de orquesta, no había máquina que escapara a su control. Todavía recuerdo como en la fiesta de fin de año revoleaba el saco de la felicidad que tenía. Se movía como en su casa. Lamentablemente, los dos seguimos caminos diferentes, si no la historia hubiese sido diferente. En 2002 lo fuimos a buscar nuevamente. Los problemas de guita eran bastantes. Los solucionó con mucha clase, y todos sentimos que se quería quedar, pero el diariero, en ese momento presidente, decidió no renovarle el contrato. Pasaron los años, nosotros cada vez más enterrados, y el cada vez más afianzado como gerente, reconocido no sólo en Argentina, sino también en América. En el año 2009 se produjo un quiebre, y aunque pocos lo recuerden, fue el hecho que me hizo sentir que Miguel era incondicional. La fábrica estaba destruida, y el Vasco, en ese momento presidente, no encontraba la solución. Miguel se encontraba en la cresta de su carrera, la empresa que dirigía había sido premiada como la mejor de América. Poco le importaron los honores, se arremangó, y por tercera vez, se hizo cargo de la planta, sacándola airosa con un contrato de venta a un cliente cordobés. El Vasco, un hombre soberbio y al verse opacado por la figura de nuestro salvador, decidió echarlo y hablar blasfemias de él. "Hay un boomerang en la city, mi amor, todo vuelve como vos decís", canta Fito Páez, y es que en la vida todo lo malo que hacés vuelve. La fábrica terminó en convocatoria, y el Vasco lejos de su ciudad. Estábamos en una anarquía total, la planta tomada por los operarios, sin saber qué camino tomar. Miguel tomó la batuta por cuarta vez, y aunque costó muchísimo al principio, logró sacarnos del fondo. En esta etapa pude estar presente en su dirección, y lo acompañé a visitar clientes, sin importar si era en Entre Ríos, Misiones o Jujuy. Fue en uno de estos viajes que le pregunté por qué no usábamos más el uniforme oficial de la fábrica. Me explicó que nadie era consciente de que no éramos más los poderosos de antaño. Era necesario reconocerlo, para poder salir de la convocatoria, por eso usamos un uniforme de cuadros azul y blanco. En este país nadie tiene memoria, y así cometemos siempre los mismos errores. No creo en hacer homenajes en vida, pero tampoco hay que ser ingrato. Hay que acordarse de la gente que estuvo en las malas, que te acompañó y te ayudó a levantarte. Esto, señores, es lo central.
Alvaro Botta