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Estar con otros, esencial para los adultos mayores

Viernes 17 de Mayo de 2019

"De eso se trata, de coincidir con gente que te haga ver las cosas que tú no ves. Que te enseñen a mirar con otros ojos"

Mario Benedetti

Estar con otros nos alimenta, nos permite escuchar tanto las equivalencias como las diferencias, nos ubica en un lugar activo que posibilita la exposición de los pensamientos y emociones, esa bella e incómoda desnudez que nos descubre, muestra al otro y nos muestra verdaderamente como somos, amplía nuestra conciencia, nos hace dar cuenta de que estamos en el mundo acompañados.

Así de importante es reunirse con otros, y más en la última etapa de la vida, ya que en ella se producen cambios físicos, psicológicos y sociales. Estos cambios no se producen en el mismo momento y grado en todas las personas, es un proceso dinámico y depende de cómo ha experimentado su vida cada individuo.

El envejecimiento normal ocurre como consecuencia del paso del tiempo y puede diferenciarse del envejecimiento patológico. El normal constituye la vejez saludable. En esta etapa de la vida pueden aparecer patologías propias y características, como el descenso en las capacidades y potencialidades funcionales, disminución de los reflejos y reducción general de los ritmos biológicos. En cambio, en el envejecimiento patológico la probabilidad de enfermar es mayor debido a que las defensas disminuyen, igual que la capacidad de resiliencia. Por lo tanto, las enfermedades y limitaciones retrasan su curación y muchas hasta se complican.

La agresión biológica no es la única causa de disminución de la resistencia orgánica en los mayores. La soledad, el aislamiento, la marginación, la falta de un espacio social, la ausencia de obligaciones, el exceso de tiempo libre tienen tanta importancia como los factores biológicos. Este envejecimiento patológico en gran medida puede ser prevenido.

El envejecimiento normal y satisfactorio lo obtienen aquellos individuos que favorecen la promoción y prevención de su salud física y psicológica, fomentando así la propia autonomía y apelando a comportamientos proactivos. Pueden tomar el control y hacer que las cosas sucedan en lugar de sólo ajustarse a una situación y actuar pasivamente.

La actitud y la forma en la que vemos la vida influye y determina la manera de movernos en el mundo. Si soy una persona negativa y pesimista, cualquier situación que ocurra en mi vida va a impregnarse e impactar con mayor fuerza en la propia persona. Si tomo una actitud positiva y optimista la persona seré más permeable, flexible y observaré a los obstáculos como posibilidad de aprendizaje.

El hecho de compartir con otros un espacio de encuentro propicia que se puedan escuchar diferentes historias más o menos parecidas, ya que se atraviesa la misma etapa vital y permite observar que no somos seres que estamos solos en el mundo. Dejamos de pensar que lo que me pasa es a mí sólo y a nadie más, escuchamos también que hay otros individuos que vivencian situaciones similares (algunas más graves, otras menos) y escuchamos las diferentes experiencias con sus aristas, diferentes resoluciones y diversas formas de afrontamiento, lo que permite auto-observarnos, re-pensarnos y aprender.

Estando en grupo se conforma un sistema de apoyo, se construye una red que sostiene y contiene, un sistema circular y fluido donde todo lo que cada persona comparte es depositado en el centro, no sólo de manera catártica sino también constructiva. Cada integrante escucha en otro experiencias con las que puede identificarse y aprender. Se escuchan las vivencias de otra manera. Puedo convertirme en un observador que tiene una distancia óptima y permite ver la situación más limpia y clara, sin estar teñida u obstruida de emocionalidad, y puedo desprenderme un poco del bagaje subjetivo.

Nuestra experiencia como profesionales empezó hace siete años, cuando armamos un taller con adultos mayores que presentaban más o menos las mismas características. En ese momento todas las participantes transitaban un duelo (muerte de cónyugue y/o sus hijos). Nombramos al espacio "Reflexiones" y los adultos mayores cuentan que asisten porque dos psicólogas lo coordinan. Muchos refieren sentirse llamados y convocados por el sólo hecho de ser un espacio con características terapéuticas.

Lo que comienza como taller termina siendo psicoterapia de grupo, una unidad estructural y dinámica distinta a la suma de los individuos que la componen pero dependiente de la presencia o ausencia de sus integrantes. Escuchar nuevas voces, no sólo de quien coordina, invita a un encuentro social donde se comprende que el otro existe. Estar junto a diferentes individuos es contenedor, ya el simple hecho de pertenecer a un grupo es terapéutico por el sólo hecho de sentirme alojado, resguardado, mirado, ya que es posible que en otros ámbitos de nuestra vida no nos sintamos de esta forma.

Vivimos en un mundo donde la vorágine no nos permite dar tiempo para escuchar y ser escuchados y sembramos aceleración y apuro para cosechar ansiedades y desconexión, con nosotros mismos y con el otro. Mantenemos un ritmo que no es propio, que es más bien social, sobreestimulados, dando valor a lo efímero y lo superficial, priorizando lo que brinde resultados inmediatos, evitando ser quien somos, estar en contacto con los cambios naturales y biológicos que nos ofrece la naturaleza. El adulto mayor necesita ir más despacio, con mayor calma y serenidad, con sus propias limitaciones pero con una experiencia que se traduce en sabiduría.

Reunirse con otros cura, es sanador, contribuye a la mejora de la salud mental y la calidad de vida, favoreciendo la posibilidad de cambio gracias a que se aprenden diversas estrategias de afrontamiento y de recursos cognitivos y emocionales.

Invitamos a los profesionales a multiplicar estas experiencias, que no necesitan de muchos recursos: sólo ganas de acompañar un proceso y apuntar hacia un bienestar y desarrollo personal y grupal.

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