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"Estar cerca del dolor te pone en eje, te orienta; el que sufre sabe mucho"

Lo asegura Juan Carr, líder de Red Solidaria. En diálogo con La Capital relata cuántas cosas lo unen a Rosario, la ciudad de su abuelo y su padre. Trabaja en Mundo Invisible y va a misa con su mujer.

Sábado 22 de Noviembre de 2014

A las seis ya tiene leídos todos los diarios, incluso algunas ediciones chinas, porque está aprendiendo ese idioma. Toma fotos al amanecer, unos mates, lleva sus hijas a la escuela y camina una hora cerca del río por Olivos o Vicente López, clasificando mentalmente pájaros y plantas. Es la calma que precede a un día donde se vinculará con cientos o miles de personas. Nada mal para un hijo único, cuya preocupación por los demás llegó tan hondo que generó la red solidaria más grande de Argentina, sin papeles ni personería, sólo inscripta en los corazones y lista para activarse cuando él lo pide. Así es Juan Carr.

Hace un par de semanas estuvo en Rosario presentando el libro "#Hoy me comprometo", y cuando el auto en el que llegó a la ciudad entró por bulevar Oroño, lo estremeció la primavera rosarina. Se tomó fotos en El Cairo y después de cuarenta años, fue a ver la calle Esnaola, adonde llegaba de niño para visitar a su abuelo Juan Santiago, que nació aquí, igual que su padre Juan Carlos. Quien inició el linaje en estas tierras fue su bisabuelo John, quien llegó de Irlanda en 1901. Por línea materna, fue un Foster el que vino a esta ciudad con el tendido de los ferrocarriles.

En este punto de la charla, el tema de Fito cae de maduro. "Cercaaaa, Rosario siempre estuvo cercaaaa" canta Juan a capela. En las fiestas también canta y toca la guitarra, el charango y la quena. Es un tipo al que le gusta animar reuniones, eso lo aprendió de sus viajes al noroeste, cuando a los 18 años conoció a los wichis y pilagás. Allí aprendió que la música es comunicación cuando el corazón explota por dolor o alegría. Como cuando cantó "Sólo el amor" de Silvio Rodríguez, sentado al borde de la tumba para despedir a su madre; o en la iglesia, cuando se casó su hija y entonó zamba del "Grano de Trigo".

Toca la misma guitarra que empezó a tunear en el acto por la tragedia de la calle Salta, cuando llegó a esta ciudad junto a Fito Páez y Tan Biónica, entre otros, con una etiqueta que decía Abrazo a Rosario. Hoy la viola luce los recuerdos de todas las campañas que encara la red. "Sólo el amor engendra la maravilla, sólo el amor consigue encender lo muerto?" vuelve a entonar como salvoconducto a un tema que lo apasiona: la fe.

Interreligioso. "Ese tema impresiona, porque viene del marxismo profundo y habla de que sólo el amor puede encender lo muerto, eso es cristianismo puro", explica y se define como católico y pecador. Una contradicción que no es única. También repasa las épocas en que la iglesia sublimó el dolor terrenal casi al extremo diluyendo al Dios vivo, o cuando hizo todo lo contrario. Ahora está enamorado del Papa Francisco porque la Iglesia encuentra una certeza, "Dios está en la Eucaristía pero también en el que duerme en la calle, en la madre a la que le mataron un hijo y en el que espera un trasplante", define.

Esa espiritualidad encarnada abreva en varias fuentes. "En los últimos diez años estoy interreligioso, al mismo tiempo que afirmo mi fe cristiana. Estoy muy musulmán, judío, evangélico y adventista", cuenta. Y dice que esa convergencia también la vio en la última campaña de Frío Cero cuando confluyeron jóvenes de La Cámpora, los radicales Irrompibles y la juventud socialista y del PRO, para que el inverno bajara sus muertos en la calle.

Esa es justamente la virtud de Carr, lograr que el sincretismo de los buenos corazones trascienda cualquier pelo y señal. La solidaridad se detecta pero no cualquiera la pone en acto, como este veterinario de 52 años de vocación temprana en las filas de los scout y los Padres Pasionistas. Claro que muchos pasaron por el mismo cauce, pero no en todos cuajó el amor de esta manera.

"Estar cerca del dolor te pone en eje, te orienta, el que sufre sabe mucho, vos le preguntás al que sufre y tiene bien claro lo que necesita", explica Carr. Y dice que, además, el sufrimiento ampara. "A mi decime lo que quieras, pero a este chico hay que encontrarlo, o a esta escuela hay que construirla", dice ilustrando las posibles interpelaciones. "El mundo de los honestos está muy quieto, falta un contubernio del bien, al del mal ya lo conocemos", acuña.

Un optimista. "Desde que nací, cada día es mejor que otro" afirma y se define como optimista, porque hubo un pasaje del individualismo a la indiferencia y hasta se dio un paso más hacia la consolidación de la cultura solidaria. Más aún. Tiene varios ejemplos con color local.

"Los primeros que fueron para abrazar a los inundados de Santa Fe, hace 10 años, fueron los rosarinos, conmovedor, un voluntariado inesperado", relata. Pero no es todo. En la tragedia de calle Salta, las redes sociales convirtieron en una de las diez noticias más leídas una frase que al principio nadie entendía: San Luis 2020. "Era el lugar donde donar sangre, la comunidad se había organizado con la tecnología y no es fácil formar esa tendencia", recuerda.

La ciudad. Rosario sigue sobrevolando la charla y para este hincha de Boca y Platense, se llega hasta el Mundial, evento en el que creyó leer una impronta de cuño local en la garra de los jugadores que representaron a Argentina. Y dice que se trata de una visión compartida cuando chatea con Ricardo Darín y Javier Mascherano.

Amigo de Marcelo Bielsa, pondera una generosidad de la que se exime de dar detalles por expreso pedido del Loco, que "hace cosas admirables por la comunidad. Soy testigo de la solidaridad de ese hombre", asegura.

En lo formal trabaja en Mundo Invisible (comunicación), va a misa los domingos con su mujer y desde hace 30 años, los sábados, almuerza con los mayores del barrio, que ahora tienen 80 años. Está mucho tiempo en su casa, una construcción tipo chorizo, con jardín y las pinturas y cerámicas de su esposa.

"A veces llego y encuentro personas que no sé quienes son, porque mi casa es medio club", festeja y dice que recupera calma y practica la prescindencia del mundo durmiendo media hora de siesta.

Con algo de puente, de imán o de aguijón, dice que una constelación solidaria puede asentarse en tres palabras: mirar, dialogar y abrazar. Esa sería la revolución cultural en este aquí y ahora. Al final la pregunta es ineludible: ¿quién es el otro? La respuesta es un horizonte capaz de ensancharse con la propia mirada. "En este momento sos vos, mi mujer y mis hijos y después arranca una fila tremenda de siete mil millones de personas, con los tres mil millones de pobres a la cabeza", define. Y no tarda en plantar una posta: convertirlos en un nosotros.

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