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Esa lúgubre manera de vivir

La ex vedette, María Fernanda Callejón, protagoniza el unipersonal "La Mujer con los huesos de pájaro" sobre la escritora Alejandra Pizarnik mañana en Amma.

Sábado 05 de Octubre de 2013

“Esta lúgubre manía de vivir, esta recóndita humorada de vivir, te arrastra Alejandra, no lo niegues”, escribió Alejandra Pizarnik en “La enamorada”, perteneciente a su libro de 1956, “La última inocencia”, expresando su vuelo poético que la convirtió en una famosa y misteriosa poeta argentina. Hace 41 años que Pizarnik decidió dejar de vivir, pero sus prosas inmortales resuenan en cada libro y su historia cobra vida con María Fernanda Callejón, quien se pone en la piel de esta poetiza que cautivó al mundo, en el unipersonal “La mujer de los huesos de pájaro”. “Acepté el desafío porque este es mi momento de poder construir un personaje totalmente antagónico a mí”, dijo Callejón en diálogo con Escenario antes del gran estreno que será mañana, y continuará todos los domingos de octubre y noviembre en sala Amma (Urquiza 1539), a las 20.

   —¿Cómo te llegó esta propuesta?

   —Todo fue a partir de un tuit. Estaba haciendo “Dulce amor”, una novela que revolucionaba las redes sociales y entre medio de todos los mensajes de los fans, me llegó el tuit de Eduardo Román (autor y director de la obra) diciéndome que tenía una propuesta para hacer una obra. Yo no lo conocía y le dije que hable con mi representante. El me dijo que me iban a mandar el texto, me llegó y cuando lo leí, me enamoré de ese guión. Inmediatamente armamos una reunión con Eduardo y cuando me dijo que se trataba de esta gran poeta era un desafío por donde se lo mire. El guión está exquisitamente escrito y es muy interesante que sea un unipersonal, que nunca había hecho.

   —¿Conocías la obra de Pizarnik? ¿Qué es lo que te cautivó de ella?

    —Sabía poco, como de su anécdota de Rayuela con (Julio) Cortázar. Es una poeta de la cual no hay mucha información. Cuando empecé a investigar gracias al bendito Google, encontré una brillante entrevista que le hizo Marta Isabel Moia de España, poco tiempo antes de que falleciera Alejandra. En el proceso creativo me enteré que ellas tuvieron un affaire. La periodista le preguntaba por qué recurría a ciertas palabras en todos sus trabajos como el bosque, el silencio, los espejos. Y cuando leí esa nota, empecé a conocer a Pizarnik en toda su totalidad, porque cuando ella responde qué significaba cada palabra, la pintaba de cuerpo entero. Y ahí me encontré con un tren Sarmiento que me pasa por encima. Encontré a esta maravillosa mujer, con una mente brillante, de avanzada ya en la década del 60. Y empiezo a conocer a través del significado de las palabras, su vida. Porque el bosque tiene que ver con la infancia y el abuso que ella sufre y la marca para siempre. Esa entrevista fue clave.

   —¿Qué fue lo más difícil de componer este personaje?

   —Todo fue complejo porque ella es compleja. Desde aprender a estudiar sola ya que nunca había hecho un unipersonal, hasta la construcción del personaje que incluyó desde cambiar la voz, cortarme el pelo, porque ella nunca tuvo el pelo largo, su forma de caminar arrastrando los pies, y además era tartamuda y asmática. Yo tenía que lograr que no se viera ni a la persona ni al personaje María Fernanda Callejón. Tenía que lograr que la vean a Alejandra. Fue un proceso largo y difícil pero en la dificultad está el aprendizaje del actor. Acepté el desafío porque este es mi momento de poder construir un personaje totalmente antagónico a mí. Estudié muchísimo porque el parafraseo de una poeta no es el mismo hablar cotidiano que nosotros. La fui encontrando y me fui entremezclando con ella.

   —Era una mujer bipolar, adicta a las anfetaminas y que llegó al suicidio. En ese sentido, ¿cómo abordaron la historia?

   —Contamos su vida y obra completas, obviamente con un maravilloso poder de síntesis del director para contar semejante vida en una hora. En la obra, ella pasa por su niñez, adolescencia y adultez. Habla de su exilio en París, tiene sus conversaciones con Cortázar, su conflicto con su madre que tanto amaba, sus amigos, sus amores, su gran amor de su vida, que fue Silvina Ocampo (esposa de Adolfo Bioy Casares).

   —¿Te identificás en algo con ella?

   —Yo la veía muy opuesta, pero le puse el cuerpo, la mente, el alma y la voz así que fui encontrando algunas similitudes sutiles e imperceptibles. Mis padres también son europeos, como los de ella, que venían de la segunda guerra mundial. Me identifico en lo pasional, como una mujer sensual y sexual, a pesar de su despojada y austera imagen. Porque a ella no le gustaban los lujos, se ponía su camisa y su pantalón y jamás se maquillaba. No me identifico con sucesos de la vida de ella; jamás pensé en suicidarme, nunca coqueteé con la muerte como ella, nunca ingerí pastillas, nunca fui abusada. Tienen que ver la obra porque aunque no la conozcan, cualquiera se siente identificado con ella por las carencias, por ejemplo. ¿A quién no le pasó alguna vez sentirse solo en su propia casa, necesitando un abrazo? En ese sentido me sentí muy identificada con ella.

   —¿Este papel marca un quiebre en tu carrera actoral?

   —Si, sin ninguna duda, Este papel es una bisagra en mi carrera. Estoy infinitamente agradecida a Román por haber confiado en mí. Estoy muy feliz de poder hacer un peldaño más en esta carrera que no tiene techo.

   —¿Dejaste atrás las tapas de “Playboy”?

   —¡Sí! Ya está, tengo seis hechas y son demasiadas para mi gusto (risas). Incluso hice la ultima a los 42 años. Durante quince años disfruté de mi rol de vedette que ni siquiera estaba en mis planes. Ahora estoy abocada sólo a la actuación, en noviembre se estrena “Omisión”, un thriller de Marcelo Páez Cubells con Gonzalo Heredia y Eleonora Wexler. Y el año próximo estaré en la televisión nuevamente. Así que ya hoy no pienso en una tapa de Playboy, eso ya pasó y permanecerá en el imaginario colectivo de mi público masculino que nunca me abandona.

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