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"Es necesario un debate político para bajar el nivel de los homicidios dolosos"

El investigador de la UNL postula mejorar la convivencia en los lugares conflictivos con estrategias públicas. En Rosario en 2012 aumentaron un 15 por ciento con respecto a 2011, pero en los últimos 24 meses supera el 40 por ciento.

Lunes 07 de Enero de 2013

Los homicidios dolosos o intencionales en las dos mayores ciudades de la provincia, comparados con el pasado reciente, se establecieron en un nivel alto. En Rosario en 2012 aumentaron un 15 por ciento con respecto a 2011, pero si se consideran los últimos 24 meses la suba supera el 40 por ciento. En Santa Fe, el repunte fue 25 por ciento en el último comparativo interanual. Máximo Sozzo, investigador en Criminología de la Universidad Nacional del Litoral (UNL), sostiene la urgencia de colocar el problema de la violencia a través del uso de armas en el centro del debate político.

   “Estos indicadores empíricos, con sus problemas de elaboración, deben producir un debate sobre la necesidad de reducir los niveles de muerte. Que Rosario y Santa Fe tengan registros de homicidios dolosos más cercanos a los países de América Central que a ciudades con las que solían ser comparables —Santiago, Montevideo, Buenos Aires— debería motivar varias cosas. Por empezar, producir mejor información sobre la violencia, aunque por suerte hay mucha experiencia internacional de la que aprender. Y luego definir cómo intervenir sobre el fenómeno”, dijo.

   —¿Qué valor tienen los homicidios dolosos para entender el estado de una sociedad?

   —El homicidio doloso es el emergente de un fenómeno de violencia extremo. Pero es importante relacionarlo con la cantidad de lesiones que no terminan en muerte. Ocurre que muchos casos con heridos no llegan a cuantificarse. Y la información al respecto, que es crucial para la planificación política, no se recaba o se lo hace mal. En muchos contextos en que se produce un abuso de armas que el resultado sea una muerte o no es producto de una casualidad y no de una intención. Con esto quiero decir que las fluctuaciones abruptas que a veces vemos en homicidios dolosos pueden tener que ver con el azar. Hay que poner en relación la cantidad de homicidios con esta otra cifra, la de episodios violentos con usos de armas, que se hacen visibles en efectores de salud y en dependencias policiales. De ese modo podríamos crear una visión más aguda sobre lo que efectivamente está pasando con la violencia a través de las armas en el contexto urbano. Más allá de ese componente azaroso, la suba de los homicidios dolosos en Rosario y Santa Fe sugieren que año a año la violencia con abuso de armas se mantiene o sube.

   —El alza de los homicidios trae una sensación de peligro omnipresente, pero los riesgos son muy distintos según las zonas.

   —Sí, otro fenómeno es la desigualdad territorial de la violencia, tanto en Rosario como en Santa Fe. El peso de los abusos de armas es más fuerte donde se concentran las carencias. La distribución espacial y social de esa violencia acompaña los procesos sociales que generan esas carencias. No es una relación causal simple ni directa. Pero la persistencia del dato a través de los años hace percibir que el efecto fatal de la violencia se vincula al abandono de esas áreas urbanas por parte del Estado. Y no me refiero a la presencia policial, sino a las intervenciones que ponen bloqueos a las privaciones.

   —¿Hasta que punto la violencia que deriva en homicidios intencionales se puede prevenir?

   —La información con la que contamos de fuente policial no nos permite avanzar en el deslinde fino de los casos. En todo lo que no es homicidio en ocasión de robo advertimos fenomenologías muy diversas: violencia de economías delictivas de grupos más o menos organizados, incidentes al interior de una pareja, episodios casuales nacidos del consumo de alcohol. Por eso atrás de esta categoría tan abarcativa del “conflicto interpersonal” no podemos distinguir los nexos causales para actuar en consecuencia. Lo que sí nos ofrecen estos datos es que alguna conexión entre privación, violencia, abuso de armas y resultados fatales existe por la constante distribución espacial y social de hechos graves. En esos escenarios la violencia es una contracara de las privaciones.

   —¿Que capacidad tiene la política pública para contrarrestar esto?

   —En la provincia de Santa Fe, como en la Argentina en general, se han visto unas reacciones demasiado tibias a lo largo de los años luego del impacto profundo de las reformas neoliberales que desestructuraron radicalmente el tejido social. Los esfuerzos desde el 2000 para acá tuvieron alcances muy limitados. La provisión de ingresos que produjo la Asignación Universal por Hijo, que es una medida muy importante, no basta para la rearmar lazos sociales. La privación no sólo fue privación de ingresos sino fragmentación de los modos de vida que se construían sobre el modo de acceder al ingreso. Es indispensable un tipo de intervención con presencia territorial constante. En Santa Fe se han producido experiencias que no pasaron del proyecto piloto con pequeños grupos de personas. El fenómeno de la marginalidad es extraordinariamente masivo pero la herramienta para enfrentar el fenómeno es muy restringida.

   —¿Cuál es la incidencia del narcotráfico en este mayor registro de homicidios?

   —Es notorio cómo determinadas redes de drogas ilegales, con protección policial muchas veces, penetran los territorios de la marginalidad urbana. Esas redes producen violencia por conflictos al interior de ellas, que a veces reverberan en el centro de la ciudad, con hechos que implican autos de alta gama y personajes que no vienen de la marginalidad. Pero hay una violencia visible de personas armadas en zonas relegadas que van más allá de la competencia por el mercado. Hay que diferenciar ambas cosas. Eso evitaría tomar gato por liebre, pensar que todo está relacionado con la red ilegal y que todo es un ajuste de cuentas. Debemos apuntar a cómo volver más pacífica la convivencia en lugares más conflictivos, donde hay a menudo fuertes privaciones, que no son resultado de un cataclismo sino del abandono social. Tenemos, de vuelta, un fuerte déficit de conocimiento, que dificulta distinguir en qué medida estas dualidades están presentes, en qué espacio y cómo.

   —¿Cómo se supera eso?

   —Con la creación de un equipo de investigadores que siga la evolución de los casos al margen de la institución policial. En relación al narcotráfico hay violencia cada vez que existen grupos que compiten por mercado. Pasa en Buenos Aires, en Rosario y en Chicago. Lo importante es que se investiguen y que se aclaren esos casos notorios que no se esclarecen. La presencia de las armas ligadas a las redes ilegales generan otra serie de casos violentos que no tienen que ver con la lucha por el mercado ilegal —drogas, bienes robados— pero que tienen un peso muy fuerte en la vida social con efecto extraordinariamente dañoso.

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