Domingo 02 de Septiembre de 2012
El sábado pasado decidí salir con el auto. Es que, por un lado, hacía mucho frío y por otro, mi presupuesto estaba un tanto limitado; ambas razones me disuadieron de tomar taxis. Sorpresivamente, conseguimos lugar para estacionar en Jujuy entre Oroño y Balcarce. Enseguida, apareció no sé de dónde un hombre que me informó que la tarifa era de 10 pesos. Amablemente, le dije que cuando volviera de cenar le pagaría; mucho no le gustó la idea. Durante la cena estuve un tanto intranquila porque es sabido que si uno no cumple con la "obligación" de pagar por anticipado puede sufrir represalias en su vehículo. Afortunadamente, no fue el caso. Le pagamos al señor por sus servicios y emprendimos viaje hacia un bar. Nuevamente, fuimos sorprendidos por la rapidez con la que encontramos lugar para estacionar; la misma rapidez con la que se nos acercó un joven para advertirnos que estaban cobrando "diez pesitos"; volví a arriesgarme con el ofrecimiento de pagarle a la vuelta y volví a tener la suerte de que mi auto no sufriera ninguna consecuencia por mi atrevimiento. De modo que a la salida, como corresponde, pagamos los honorarios del muchacho que muy amablemente nos aceptó los 5 pesos que nos quedaban en lugar de los 10 que correspondían. Y nos fuimos en paz. Por supuesto que, siendo las cuatro de la madrugada, tuve que dejar el auto en la vereda porque sabido es que entrar a la cochera en nuestra ciudad es una ruleta rusa donde uno se convierte en blanco de oportunistas delincuentes que no dudarían en apretar el gatillo si demoramos más de dos segundos en bajar del vehículo. Para terminar, el domingo por la tarde, en el momento en que me disponía a arrancar con el auto del lugar donde había estacionado, apareció un atlético joven —que por cierto, no estaba cuando habíamos llegado— y vino corriendo a toda velocidad para exigir el pago por su trabajo. De hecho, se paró delante del auto y no me permitió arrancar hasta que le entregué el dinero. Y después dicen que a la juventud le falta tenacidad. De modo que me encuentro ante una disyuntiva: si tengo el descaro de ejercer mi derecho al esparcimiento y decido salir un sábado a la noche luego de una ardua semana de trabajo, ¿salgo en taxi? renegando para conseguirlo, exponiéndome al frío y a la inseguridad durante la espera, lidiando con la falta de educación de los taxistas, gastando una suma considerable de dinero, aceptando que la tarifa se redondee siempre en perjuicio del pasajero sin siquiera preguntar? ¿O salgo con el auto y me someto a la prepotencia y extorsión de los cuidacoches, cariñosamente llamados "trapitos"? Y a la vuelta, ¿dejo el auto en la vereda o me expongo a morir en manos de delincuentes mientras lo guardo en la cochera? Son muchas alternativas posibles; cuesta decidirse. Creo entonces que a las dos opciones que titulan esta carta de lectores debería sumarse una tercera: no salir. Asumir una suerte de prisión domiciliaria a la que nos vemos sometidos los vecinos trabajadores y que, dadas las medidas de seguridad a las que nos vimos obligados a recurrir —léase rejas por doquier, puertas blindadas, alarmas- deja de ser una metáfora para adquirir su sentido más literal. Quisiera que el gobernador y/o la intendenta y/o los concejales y/o los diputados, me dijeran qué hacer, cuál de estas opciones me conviene, o si se les ocurre alguna otra. Como sé que mi demanda no representa más que una pavada frente a los importantísimos asuntos con los que nuestros gobernantes deben lidiar, apelo entonces a mis conciudadanos y sólo les pido una cosa: no aceptemos estas situaciones con normalidad; no dejemos que nos acostumbren a esto. Esto no es lo normal. No lo es.
Ana Rébola