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Entre la pasión y el fanatismo

La gente sencilla comenzó a llegar al Gigante en buen número a las 18. En Arroyito reinaba cierto clima de espectáculo, que había sido montado exclusivamente para la sociedad de Central.

Lunes 21 de Enero de 2013

La gente sencilla comenzó a llegar al Gigante en buen número a las 18. En Arroyito reinaba cierto clima de espectáculo, que había sido montado exclusivamente para la sociedad de Central. En las inmediaciones del estadio se escuchaba sólo la expresión genuina del sentir de la masa auriazul y de su religiosidad fiel hacia el primer equipo. Los cánticos en la previa del clásico se mezclaban con rostros de alegría. Pero cuando cerca de las 19 se oficializó la suspensión del derby (ver páginas de 2 a 5) hubo un cóctel de resignación e impotencia. Aunque el desconcierto duró muy poco. Porque ni bien desde el club comenzaron a regar los pasillos del mundialista con la información de que el elenco de Miguel Russo iba a salir a escenario mayor a entrenar, los hinchas desataron un carnaval interno. Eso sí, el bochorno de la seguridad volvió a ganar terreno cuando un centenar de personas coparon el césped e impidieron a sus futbolistas hacer una leve práctica como habían planificado. Inclusive se quedaron con la ropa de varios profesionales. A ellos ya no les importaba más nada. Sólo cantaban ante la ausencia de Newell's y se abrazan o sacaban fotos como si el ascenso se hubiese hecho una realidad.

Al ingresar al estadio se palpaba que estaba todo armado para vivir una jornada de clásico. Las distintas generaciones se movían por los cuatro costados de la cancha hablando de fútbol. Hacían referencia a lo que podría llegar a suceder a partir de las 20, que era el horario pactado para que comenzara a rodar la pelota entre las piernas de canallas y leprosos. Cuando el micro que transportó a la delegación anfitriona se instaló a las 17.56 en el playón, automáticamente comenzaron a bajar de varios sectores frases tribuneras y palabras de ánimo hacia los jugadores canallas, quienes respondían, en algunos casos, elevando sus brazos en señal de agradecimiento.

Luego fue el turno de la vigilia. Es que desde el Parque llegaban los rumores de que el partido podría suspenderse como resultante de los hechos de violencia que habían azotado al club cerca de las 17 y habían involucrado además a familias que sólo estaban intentado pasar un día soleado en la pileta (ver página 3). En ese instante empezó otra historia.

Porque el tiempo pasaba y el plantel de Newell's no llegaba para jugar el partido, pese a que en el estadio nada hacía presagiar que habría algún desbarrancamiento popular debido a que todo era tranquilidad. Eran las 19 y ahí sí llegó la información oficial: el clásico se suspendía por razones de seguridad. La primera impresión para los canallas fue de impotencia porque se quedaban sin derby. Es que habían abonado sus respectivas entradas (entre 100 y 250 pesos cada una).

Mientras que puertas adentro, desde la organización movían cielo y tierra para que el cotejo se jugara tal cual estaba pactado por ambas instituciones. Pero no hubo caso. Los violentos pudieron más que un par de buenas voluntades. Seguramente ahora vendrá algún daño colateral a nivel institucional.

No obstante, segundos después de la cancelación se conoció que el primer equipo iba a saltar a la cancha igual a las 20, pero para practicar. Inclusive el club pegó la planilla oficial con los titulares y suplentes como si el partido se iba a desarrollar normalmente. Y a las 19.58 asomó el pelotón de jugadores encabezados por su conductor Miguel Russo. A esta altura ya había un gran grupo de simpatizantes dentro de la cancha armando una fiesta.

En medio de bengalas de humo azul y amarillo, cánticos en contra de Newell's y una incesante batería de petardos, los jugadores no pudieron entrenar porque fueron abordados rápidamente por los fieles que estaban dentro del campo y se quedaron con la ropa de fajina de prepo. Cuando Ovación le consultó más tarde al presidente de Central por qué habían adoptado salir a escena si el partido estaba suspendido, Norberto Speciale dijo: "En la zona aledaña al vestuario, el jefe de Orden Público, Daniel Corbelini, y en presencia de Pompei (el árbitro) y del Pitu Fernández (el vice presidente primero de Arroyito), le solicitó especialmente a Russo si podía sacar al equipo a la cancha, sin la camiseta oficial, para calmar el nerviosismo y la ansiedad de la gente. En ningún momento se trató de un acto de demagogia".

Después de casi 25 minutos a puro festejo, la gente comenzó a emprender la retirada de manera pacífica. Lo mismo pasó con los jugadores, quienes se mostraron indignados por todo lo vivido. Hasta Russo pidió "no encender más este clásico". Arroyito estaba inundado de color auriazul. En la piel de los peregrinos de todas las edades parecía no importar que el clásico se había suspendido. Total, ellos armaron su propia fiesta igual. Aunque la realidad es que la ciudad quedó al desnudo mostrando gran parte de sus miserias, llámese inoperancia, demagogia, etc, ante la sociedad nacional por la irracionalidad de unos pocos.

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