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Entre la guerra y el despertar sexual

¿Es posible perdonar cuando se han sufrido las peores atrocidades? A esa pregunta se enfrenta el británico Colin Firth en el drama bélico "The Railway Man", que ayer compartió protagonismo...

Jueves 26 de Septiembre de 2013

¿Es posible perdonar cuando se han sufrido las peores atrocidades? A esa pregunta se enfrenta el británico Colin Firth en el drama bélico "The Railway Man", que ayer compartió protagonismo con el minimalismo del mexicano Fernando Eimbcke y su "Club Sandwich" en el Festival de San Sebastián.

El cineasta australiano Jonathan Teplitzky ("Burning Man") lleva a la gran pantalla una conmovedora historia real que hizo que a más de uno se le saltarán las lágrimas. Y es que "The Railway Man" toma su nombre de las memorias de Eric Lomax, un soldado escocés que sobrevivió innombrables torturas cuando fue capturado por el Ejército japonés durante la II Guerra Mundial.

La historia de Lomax, fallecido el octubre pasado, sería similar a la de otros supervivientes si no fuera por algo esencial: aunque no olvidó, él logró perdonar. Y Firth, que ya se alzó con un Oscar por "El discurso del rey", consigue emocionar con una sutil interpretación llena de matices.

"Creo que la película demuestra que no importa lo que a uno le suceda en la vida: siempre es posible seguir adelante", declaró durante la presentación Patricia Lomax, viuda del protagonista real y encarnada en la gran pantalla por la australiana Nicole Kidman. "Pero también pone de manifiesto la soledad de quienes sobreviven una guerra", añadió.

En "The Railway Man" Eric (Firth) y Patti (Kidman) se conocen en un tren, como no podía ser de otra manera para este hombre apasionado de los ferrocarriles. El flechazo acaba en matrimonio, pero tras la inicial nube de felicidad, las pesadillas vuelven a acechar al ex soldado, que no ha logrado superar el capítulo más oscuro de su vida.

Empeñada en ahuyentar sus demonios, su mujer pide ayuda a otros veteranos. Así descubrirá las atrocidades a las que fueron sometidos los soldados británicos tras la caída de Singapur ante los japoneses (1942), cuando fueron forzados a construir el ferrocarril de Birmania. Y Eric tendrá que enfrentarse a ese pasado para encontrar la paz.

"Cuando (George W.) Bush habló del 'waterboarding', mi marido publicó un artículo para que la gente supiera lo que se sufría con ese método de tortura", contó la viuda de Lomax, centro de atención ante la ausencia de Kidman y Firth. Y también se le escaparon las lágrimas al recordar una frase del ex soldado ahora en boca del actor: "En algún momento tiene que parar el odio".

Mucho más contenida, en cambio, fue la segunda película de la jornada, "Club Sandwich". En su tercer largometraje, el aclamado cineasta mexicano Fernando Eimbcke presenta de nuevo una de esas historias pequeñas que se hacen grandes, como ya sucedió con las premiadas "Temporada de patos" y "Lake Tahoe".

En esta ocasión, Eimbcke (Ciudad de México, 1970) explora el despertar sexual de un adolescente (Lucio Giménez Cacho) durante unas vacaciones de verano junto a su madre (María Renée Prudencio). Aunque la complicidad entre ambos es patente -ríen, juegan y disfrutan de esa apacible cotidianeidad-, la irrupción de una joven hace que su mundo se tambalee.

"Me interesan mucho los personajes, y mis películas obedecen a eso", explicó el cineasta sobre su personal manera de hacer cine. "Por eso suelen ser películas pequeñas. No tengo nada en contra del movimiento de cámara, pero para mí, mientras menos elementos distractores haya, mejor."

Así, Eimbcke va mostrando a través de cuidados gestos, miradas y silencios cómo el pequeño Héctor se interesa por esa chica que acaba de llegar al hotel, mientras su madre lo observa celosa. Y es que en realidad, ella es la verdadera protagonista de este triángulo amoroso del que tendrá que aprender a apartarse.

EXTREMOS. Diferentes en presupuestos, estéticas y concepciones cinematográficas con "The Railway Man", la cinta mexicana "Club sándwich", de Fernando Eimbecke, es la que sale mejor parada en este duelo de miradas y producciones. Sutil y austera el filme de Eimbecke propone una inmersión en la relación madre-hijo, en la que no falta amor pero parece sobrar cercanía, y al mismo tiempo indaga en el despertar sexual de este varón.

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