Domingo 22 de Febrero de 2009
Asistimos a la discusión salarial entre docentes y Estado. Una discusión que parece constituir el eje vertebral de la relación de dichos actores y donde el resto de la comunidad parece prestarle atención al tema educativo. Como un debate de economistas comienza una danza de números, tantos días de clases, tanto de básico, tanto
de aumento escalonado, etcétera. Una vez cerrada o avanzada la negociación, el tema educativo vuelve a desaparecer hasta que surja algún hecho de violencia escolar o de escándalo sexual en la escuela para que los medios de comunicación vuelvan a poner la mira en la crisis educativa. "Un museo de grandes novedades", diría la canción. Mientras tanto, entre estos hechos puntuales, la escuela sigue siendo un colador social, donde los pobres quedan relegados del sistema; sólo hay que relacionar los que se van quedando afuera con sus ingresos familiares. Como dice Iván Illich, la escuela no equipara sino que profundiza las desigualdades. O sea, encima que los hacemos fracasar los hacemos sentir responsables de su fracaso. Y además sigue siendo un lugar profundamente antidemocrático, donde los actores principales, docentes y alumnos, no tienen ningún poder de decisión sobre el devenir escolar. Desde el Ministerio se bajan las directivas y el director las comunica en las reuniones plenarias a los docentes: los alumnos por supuesto ni se enteran. Alguna vez leí que la escuela es un lugar donde los docentes simulan enseñar y los alumnos simulan aprender. Agregaría: y el Ministerio de Educación simula planificar y los padres simulan preocuparse (total a la tarde los mando a inglés y computación). Así seguimos sosteniendo esta institución del siglo XIX en el siglo XXI, temerosos de realizar algún cambio estructural, no vaya ser que alguien se enoje y nos mande al rincón. Como dice el refrán "más vale malo conocido que bueno por conocer".
Mario Romeu, DNI 14.287.243
romeumario@hotmail.com