Viernes 04 de Octubre de 2013
Más allá de las bibliotecas existen lugares propicios para el aprendizaje, como el cafetín donde Discépolo, en mezcla milagrosa de sabihondos y suicidas, aprendió filosofía. Las grandes ciudades suelen tener en sus esquinas lugares donde la vida toma café. En Rosario por ejemplo, yo aprendí algo de estos encuentros en el bar El Riel, en la esquina del Cholo Montironi (Pueyrredón y Rivadavia), casi enfrente a la vieja locomotora, allí algunos maestros me hicieron pensar. Recuerdo cuando estuve en una mesa escuchando a Tomasito de Aquino y al Toto Aristóteles coincidentes de alguna manera en que el fin último del ser humano es la felicidad y que esta debe entenderse como conocimiento, sabiduría y vida contemplativa. En ese momento yo contemplaba a unos turistas sacándose fotos en la estatua del negro Olmedo y pensé, contemplar es fácil pero el asunto del conocimiento y la sabiduría no me parece sencillo. En otro encuentro con el cartonero Báez y el franchute Edgardo Morín pude escuchar que este insistía en lo necesario de humanizar la economía para conseguir el buen vivir y no sólo el bienestar, evitando de ese modo la intoxicación consumista. Morín decía que tendríamos que ceñirnos a lo necesario y dejar de lado lo superfluo privilegiando lo duradero frente a lo descartable; Báez pareció dudar de esto último cuando dijo que él vivía de lo que otros tiraban…Yo sólo atiné a decir ¡qué lío para el marketing Edgardo! Pero después pensé que las cosas más lindas del mundo son gratis, están disponibles para todos y de alguna manera pueden convivir con los esquemas actuales ya que no se trata de reemplazar el gas por la leña ni el auto por el carro, sino de valorar algunas cosas básicas, por ejemplo, contemplar el amanecer o caminar (dije caminar) por el barrio donde nacimos y darle un abrazo a un viejo amigo (o amiga) que creíamos perdidos. Eso no se compra, se puede lograr sin cargo en cualquier momento. En otra oportunidad, me uní a una mesa donde estaba el barba Facundo Cabral quien susurraba que "ser feliz era su color de identidad, que le gustaba el vino tanto como las flores, los conejos y los viejos pastores, el pan casero y la voz de Dolores y el mar mojándole los pies". Con alguna imprudencia yo le dije, Facundo, a mí "me gusta estar tirado siempre en la arena y en bicicleta perseguir a Malena". Cabral me guiñó un ojo y se despidió diciendo viajo con Dios, si no vuelvo es que me fui con él (corría el año 2011). Cuando ya me iba entraba la flaca Violeta Parra, la que con su guitarra chilena y el acompañamiento del Cholo les hizo cantar a todos "Gracias a la vida"… Un fuerte abrazo a los verdaderos maestros.
Omar Pérez Cantón
operezcanton@hotmail.com