La entrada está casi escondida detrás del aparatoso exhibidor de un vendedor ambulante. No tiene timbre y si no fuera porque quien se acerca conoce su existencia sería difícil encontrarla. Sin embargo, atravesar la puerta de San Luis 1038 es como entrar a otro mundo. En la enorme pensión de dos plantas habitan entre 20 y 30 familias en condiciones deplorables: enganchadas de la luz y el agua, en habitaciones sin ventilación, llenas de humedad y con apenas cinco baños y dos duchas. Vivir así les cuesta entre 600 y 900 pesos por mes, que algunos deben pagar por adelantado. Lo curioso es que el lugar está en pleno centro de la ciudad, sobre una de sus calles comerciales más activas, frente a la plaza Montenegro y el Centro Cultural Bernardino Rivadavia. Y funciona en la más ostensible ilegalidad (ver aparte).
Los pensionistas más antiguos llevan más de dos años allí. Otros llegaron hace dos o tres meses. Hay familias con varios niños, ancianos y jóvenes. Rosarinos e inmigrantes. Desocupados, vendedores ambulantes, buscavidas y jubilados. Todos con diferentes historias atrás y con una pesada realidad en común: la falta de otro lugar donde vivir. Una piedra con la que tropieza cualquier intento de modificar la situación.
Por eso algunos inquilinos ni siquiera se animan a quejarse mucho. Y quienes lo hacen piden que no se los identifique antes de declararse “estafados” desde hace tiempo. Pero, en los últimos meses, dos hechos dispararon aún más la bronca de varios: el retiro del medidor de agua, lo que los obligó a ir y venir decenas de veces hasta la plaza Montenegro acarreando baldes para cargar un tanque que les permitió cocinar o higienizarse. Y un poco más recientemente, la pretensión del administrador de subir a 900 pesos los alquileres cayó cuanto menos como una broma de mal gusto.
“Vivimos sin agua, con la luz clandestina, con piezas que se llueven, moviendo permanentemente los muebles para que no se arruinen y, encima, ahora nos quieren cobrar más”, se queja una pensionada que apenas junta al mes lo que paga por su habitación. “Esto es inhabitable, ¿qué otra cosa puedo decir?”, apura otro joven, pero rápidamente recuerda que hace pocos meses dormía en una plaza.




























