Domingo 09 de Noviembre de 2008
Lo obvio de un encuentro como el 23º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata sería programarse para encerrarse en una sala a ver algunos de las 256 largometrajes y 131 cortos en cartel. Una empresa de difícil concreción, porque la sobreabundancia merece un proceso de selección que está siempre dirigido a lo obvio. Entonces todas las miradas se posan primero sobre la competencia internacional y luego sobre la latinoamericana y la Argentina. Parece obvio decir que allí está lo mejor del festival, pero no es así. No porque la calidad esté en otro lado sino porque la infinita diversidad de intereses que tienen quienes acuden al certamen dejan en claro que la industria cinematográfica es mucho más que imágenes en una pantalla. La cadena de producción, distribución y exhibición se ha complejizado de tal manera que el Festival de Mardel no sirve solamente para ver cine, sino también para aprender, hacer amistades y sobre todo buenos negocios.
Lo obvio hubiera sido que la organización de un festival de cine fallara en todo aquello que le es ajeno. Esto es, lo que está más allá del proyector. Pero tampoco es así. La técnica ha sido en esta ocasión un salvavidas de piedra y lo obvio es que nadie diera la cara. Nada de eso.
Al presidente del certamen, José Martínez Suárez, le tocó, y con seguridad, le tocará "actuar", como le propuso un amigo español. De él claro. Poniéndole el pecho a las balas, el cineasta de 83 años siempre está. Toma la palabra en las situaciones más difíciles y sale bien parado gracias a su proverbial creatividad. Lo obvio sería que el presidente del festival esté en una oficina mandando a hacer y que los palos los reciba otro. Error. Martínez Suárez es la cara del acontecimiento y se lo puede encontrar continuamente entre la gente.
Lo obvio sería que el encuentro sea un orgullo no solamente para los marplatenses sino para los argentinos. Delegaciones de todo el mundo todavía preguntan por qué una bandera nacional atraviesa todo el hall del coqueto Auditórium, un inmenso teatro ubicado en el edificio del Casino Central, firmada con pintura negra por los trabajadores de la sala.
Lo obvio sería respetar al certamen haciendo bien el trabajo.
Así como lo obvio sería que la apertura de un cónclave internacional tenga un tinte argentino; la obra de Leonardo Favio lo tiene y en su homenaje se mostró "Aniceto".
Luego la presidenta del Instituto Nacional de Cinematografía, Liliana Mazure, se ganó el premio a la sobadora de la noche al llamar a la jefa de Estado, Cristina Fernández, "compañera presidenta" mientras otros intentaban interrumpir con aplausos cada vez que mostraban una imagen de Perón o de Evita. Afuera, en la calle, cuando las cámaras se habían apagado, la propia Cristina debe haberse dado cuenta de que la vida es obvia. Allí no fueron todos vítores y lo obvio es que no todo el país es peronista.
Lo obvio sería que el actor norteamericano Tommy Lee Jones se trajese una troupe de guardaespaldas y que, gracias a su exposición pública, se haga el importante y el inalcanzable. Todo eso ocurrió, pero como una forma de resguardarse de la cholulada.
Cuando tanto el público como los periodistas tuvieron oportunidad de conversar con él se dieron cuenta de lo obvio. El ahora también director es un tipo como cualquiera al que le gusta lo que hace, que pierde plata con sus películas y que ama venir a la Argentina a jugar al polo porque su pasión son los caballos. Con los que sí gana plata. Y, obvio, a pesar de su apariencia rocosa se ríe copiosamente y prefiere terminar sus intervenciones con una broma.
Lo obvio sería que el actor Duilio Marzio sea el más saludado, porque su simpatía y su chapa lo ponen más allá; que el escritor Alberto Laiseca ponga tono de "Cuentos de terror" para explicar su personaje en "El artista", una firme candidata argentina a la premiación; que la húngara "Zift" sorprenda con su crudeza; que la mujer del actor Guillermo Blanco lustre el piso con su vestido en medio de la bienvenida y ante las cámaras; que Leonardo Favio no se saque ni delante de la presidenta su gorrito blanco; que Jean Pierre Noher sea la más importante de las estrellas del espectáculo argentino; que Canal 7 transmita toda su programación cultural desde La Feliz, y que Gastón Pauls y Julieta Díaz no sepan cómo estirar la transmisión cuando los que aprietan los botones lo hacen para el diablo.
Lo obvio sería tanto fascinarse con los frescos del reinaugurado Hotel Provincial como preguntarse para qué servirán salones tan inmensos y lujosos. También sería pensar que en los lugares públicos no se puede fumar y que los autos surquen la avenida Peralta Ramos a menos de 150 kilómetros por hora.
Para Nelson Rodríguez, un genial y "maldito" periodista y escritor brasileño, en lo obvio está la esencia de las cosas. Según su pensamiento, la obviedad nos cachetea casi inconcientemente y tiene en su médula un secreto milenario: consigue esconderse en un mundo donde lo espectacular sobresale por sí mismo.
Lo obvio es aquello que está y a lo que nadie apunta. Es la forma en que la vida traduce las estructuras que gobiernan la vida. Porque lo obvio sería llegar a Mar del Plata y sacarse una foto con los lobos marinos de la Rambla. Nada. La ciudad se está preparando para la temporada veraniega y los lobos están tapados para lavarles la cara. Porque Marpla vive del turismo. Obvio.