En el país de las maravillas
Tratando de esquivar ruidos molares de los que degluten panchos, nachos y… tachos, trato de abstraerme de la cruda realidad a través del cine. Alicia es confortada de su angustiante pesadilla por su padre, éste tiernamente le dice que para evitarla se pellizque y despertará.

Martes 09 de Marzo de 2010

Tratando de esquivar ruidos molares de los que degluten panchos, nachos y… tachos, trato de abstraerme de la cruda realidad a través del cine. Alicia es confortada de su angustiante pesadilla por su padre, éste tiernamente le dice que para evitarla se pellizque y despertará. En ese momento, tomé el lugar de Alicia y caí por ese agujero donde la heroína va aprendiendo a madurar y lo demuestra con su frase contundente: "Es mi sueño, déjenme a mí que le dé el destino que yo quiera darle". Es así, que conocí a la "reina roja" cuya cabezota era tan grande para alojar maldades, con una corte de obsecuentes y aduladores mentirosos (que se van desintegrando físicamente y metafóricamente con su moral dudosa) en la medida que su reina pierde poder. Esta reina cabezona tiene sus bufones y su "chanchito" donde descansa momentáneamente sus pies. Como es mi sueño (ya que asumí virtualmente el rol de la heroína) pude darle mi anhelado final. Así, imaginé en ese mismo tablero de ajedrez donde la reina cabezona ha hecho todas sus sucias jugadas y que goza arrancando cabezas ("es mejor ser temida que amada"), cuando termina su reinado la enfrento con las armas de la justicia, desterrándola al ostracismo y esposándola a vivir eternamente con quien solapadamente le marca las jugadas. Como dice en la película Alicia, todos los días ella se enfrenta a "seis imposibles". Ante la imposible realidad que cada día se siente como pesadilla, me pellizqué y volví a sentir el rutinario manducar de los espectadores.

Silvia Buonamico, silviabuonamico@yahoo.com.ar