Ellas no querían la Luna
Recuerdo que en la casa familiar de mi infancia había un cuadrito con un poema que mi padre me hacía leer cada tanto y comenzaba con una frase muy bella que decía: "...Hay una mujer que...

Viernes 07 de Marzo de 2014

Recuerdo que en la casa familiar de mi infancia había un cuadrito con un poema que mi padre me hacía leer cada tanto y comenzaba con una frase muy bella que decía: "...Hay una mujer que tiene algo de Dios por la inmensidad de su amor y mucho del ángel por la increíble intensidad de sus cuidados...", o algo así. Obviamente, se trataba de un poema dedicado a las madres, pero junto con el transcurso del tiempo y de la vida misma fui observando que todas las mujeres tienen algo de Dios y mucho del ángel, y no sólo por lo que describe la poesía. Hoy, al mirar a una mujer no cabe en mí la probabilidad de duda de que lo que veo es fuente de vida, no sólo por la divina posibilidad de parir sino por su maravillosa capacidad de amamantar. ¡No existe la paternidad sin la intervención de la mujer! En cambio sí a la inversa. Ellas, tal como son, poseen, desde su naturaleza, una visión distinta del mundo que nos rodea, una percepción diferente de la vida y de todo lo que en ella existe, por eso es que hablan de sexto sentido o de corazonadas, quizás para que las entendamos, para que, al fin, nos demos cuenta y aceptemos que ellas y nosotros miramos la misma montaña pero desde otra costanera. Consecuentemente, nos guste o no, compartamos o disintamos, nos complementan. Y qué maravilloso es saber que aquello que no somos capaces de discernir, alguien nos lo hace ver. ¡Y ese es el verdadero valor de la inclusión! Ha sido muy duro y espinoso el camino que debieron recorrer, y al mismo tiempo, con sus hechos, nos demostraron que son capaces de hacerlo, no se envolvieron en envases patrióticos, y sin embargo, y quizás por eso, tarde, recordamos nombres como el de Martina Chapanay, Macacha Güemes, Juana Azurduy, Mariquita Sánchez y tantas otras que hicieron grande y real el sueño libertario. Recién a fines del siglo XIX pudieron ingresar a las universidades. Debieron luchar medio siglo XX hasta poder acceder al derecho al voto. Se les escribieron miles de poemas y canciones, se les dedicaron novelas, óperas completas, se les prometía la Luna. Y ellas sólo pedían un espacio. Hoy ocupan lugares ejecutivos en muchas empresas, cargos de la más alta envergadura en los gobiernos y organismos públicos, también desempeñan tareas que hasta hace muy poco era impensado que estuvieran a cargo de manos femeninas: reparan automóviles, conducen colectivos, son agentes del orden, sueldan, construyen, y al llegar al hogar son amas de casa, madres, esposas, novias, hijas, y de a poco y muy minuciosamente mueven las piezas necesarias para cambiar al mundo. ¿Son feministas? Ya no. Ahora son nuestros pares. ¡Ya hace mucho que son nuestros pares! Están a nuestro lado cotidianamente, nos alientan, nos estimulan, nos desafían, nos superan, sólo ciegos podríamos dejar de admitir que se han ganado su espacio con esfuerzo y tesón. Sólo carentes de razón podríamos sostener la idea de ignorar sus fundamentos. Pongamos en valor, entonces, las diferencias con la íntima convicción de que juntos podemos armar el gigantesco puzle social al que pertenecemos y sintámonos orgullosos de que estén con nosotros construyendo la urdimbre para el futuro, ese futuro que nadie, ni aún las más pesimistas mentes futuristas, han podido imaginar sin su presencia. Porque tienen algo de Dios y mucho del ángel, y porque con una sonrisa son capaces de hacernos tener fe en que todo es posible.

Guillermo Almada
DNI 13.335.262