Jueves 02 de Junio de 2011
Hace unos días concurrí como todos los ciudadanos a votar en las elecciones que se fabricaron (luego de mucho pensar), para reemplazar el sistema electoral de la ley de lemas. Debo dejar asentado que lo primero que sentí fue un escalofrío. Pensé en el costo (que tendremos que pagar) al observar la calidad de las múltiples boletas con las cuales se trata de "simplificar y transparentar" el acto eleccionario. Pensé en la cantidad de recursos que se derivaron de sus objetivos originales para solventar esta nueva demostración del absoluto desprecio que nuestra clase política tiene del esfuerzo ciudadano en generar recursos, para que ellos, lo utilicen según su mejor entender. Es un país con jubilados que cobran haberes paupérrimos, con hospitales y escuelas que deben sostenerse con donaciones y encima deben sufrir la ofensa de recibir donaciones de los "políticos en campaña", cuando esos recursos deben venir presupuestados. Me sentí violentado, porque esa es la verdad. El Hogar del Huérfano debió organizar una campaña, porque no tenía aceite para cocinar. El poder político tiene dinero y sin tope máximo. Con nuestros impuestos debemos costear esta farsa, que racionalmente, debería ser solventada por los partidos, puesto que su origen es definir una lucha partidaria interna. Es tan inútil esta votación que ni siquiera se usa, para limitar la cantidad de "partidos" que se puedan presentar en las próximas elecciones, al comprobar la ínfima cantidad de votantes con los cuales cuenta. Si no basta recordar diciembre del año 2001.
Julio R. Sánchez,
DNI. 6.043.532