El viejo drama de las populosas villas
Las lluvias que dejaron centenares de víctimas fatales en Río de Janeiro obligaron a la metrópolis brasileña encarar una vez más a un viejo problema: la proliferación de las favelas levantadas en cerros, con drenaje precario, acumulación de basurales y elevado riesgo de aludes.

Viernes 09 de Abril de 2010

Las lluvias que dejaron centenares de víctimas fatales en Río de Janeiro obligaron a la metrópolis brasileña encarar una vez más a un viejo problema: la proliferación de las favelas levantadas en cerros, con drenaje precario, acumulación de basurales y elevado riesgo de aludes.

El origen de las favelas es un tema controvertido.

Una de las hipótesis de los historiadores es que las primeras comunidades de ese tipo fueron creadas en 1870, cuando el Imperio decidió regalar tierras en los cerros a soldados que habían participado en la Guerra del Paraguay.

Otros expertos sostienen que esa medida fue tomada en 1897 para beneficiar a soldados que participaron en la Guerra de Canudos, descripta por Mario Vargas Llosa en detalle en su libro "La Guerra del Fin del Mundo".

Lo cierto es que esas comunidades, que empezaron a instalarse en el siglo XIX, hoy forman parte del paisaje de Río de Janeiro casi tanto como la estatua del Cristo Redentor y el Pan de Azúcar: hay alrededor de mil en la ciudad construida entre la montaña y el mar.

A lo largo de los años, las favelas crecieron —se estima que albergan hoy a 1,4 millón de habitantes— y, abandonadas por el Estado, se convirtieron en refugio para bandas armadas de narcotraficantes y en blanco de periódicos y violentos operativos policiales que han dejado a miles de víctimas inocentes.

La búsqueda de una solución para el problema de las favelas ha sido un proceso errático que se desarrolla sin resultados visibles desde hace medio siglo.

En la década del 60, el gobernador Carlos Lacerda propuso destruir las barriadas ubicadas en zonas nobles de la ciudad y trasladar a sus habitantes a viviendas construidas en la periferia. Esa alternativa fue abandonada a la postre, ante la evidencia de que los nuevos “barrios” quedaban demasiado lejos de los lugares de trabajo, del comercio, de los hospitales y de las escuelas, y no propiciaban alternativas de supervivencia a sus habitantes.

A partir de la década del 80, los gobernantes optaron por realizar costosísimas obras de urbanización en esas comunidades y, en los tres lustros siguientes, el proyecto denominado Favela-Barrio, realizado en 143 de esas comunidades, llegó a ser apuntado por las Naciones Unidas como un ejemplo para el mundo.

La tragedia de las últimas lluvias demostró que el entusiasmo de la ONU fue quizás exagerado.

A juicio del urbanista Sergio Magalhaes, no hubo un mantenimiento apropiado de las redes de drenaje de aguas pluviales y tampoco se ha adoptado un sistema regular de retirada de basura, que se acumula y favorece los aludes.

“El Favela-Barrio generó un aumento del 17 por ciento en el número de personas que deberían ser atendidas por la cosecha de basura. Eso representó un aumento de costo, sin que hubiese un incremento correspondiente del presupuesto”, dijo.

En las comunidades que no fueron beneficiadas por proyectos de urbanización, la tragedia alcanzó dimensiones dantescas. Este ha sido el caso de la favela del cerro de Bumba, en la vecina ciudad de Niteroi, construida sobre un gigantesco e inestable basurero.

Allí, decenas de casas, incluso una guardería de niños, un bar y una pizzería, fueron sepultadas ayer a la madrugada por un alud de tierra que, según la Secretaría de Defensa Civil, enterró a hasta 200 personas. Una tragedia que, a juicio de los expertos, era más que previsible.