El valor de las cosas buenas
Pasaron ocho décadas de mi vida pero hoy me encuentro excesivamente nostálgico por una infeliz circunstancia. Mi incondicional compañero de ruta durante 46 años ha enmudecido definitivamente.

Martes 08 de Diciembre de 2015

Pasaron ocho décadas de mi vida pero hoy me encuentro excesivamente nostálgico por una infeliz circunstancia. Mi incondicional compañero de ruta durante 46 años ha enmudecido definitivamente. La juventud de aquella época daba a conocer públicamente su noviazgo mediante la celebración del compromiso matrimonial. Durante ese acontecimiento, la que es aún mi señora me sorprendió gratamente obsequiándome un magnífico reloj de pulsera automático con calendario, de reconocida marca japonesa. Desde entonces hasta ahora siempre adherido a mi muñeca izquierda funcionaba meramente por los movimientos del brazo. Jamás falló, pero hoy sí lo hizo y para siempre. En este preciso instante lo estoy observando atentamente como si yo con mi sola voluntad pudiese devolverle la energía que acaba de perder en forma definitiva, según el diagnóstico de los expertos. Pareceré poco creíble o demasiado raro si comento que entre ese reloj y yo surgió una comunión imaginaria, pero el real hecho de tenerlo conmigo en cada etapa adulta de mi vida, el asegurarme que siempre estuviese ahí, poder conocer por su intermedio en qué hora del día nos encontrábamos, me infundía confianza, tranquilidad y apoyo interior. Suena un poco loco encariñarse con cosas materiales (siempre serán sustituibles) pero es más doloroso cuando estamos obligados a desprendernos de algo bueno y que demostró absoluta fidelidad durante tantos años. Lo que puedo asegurar es que cualquier valor físico resulta nimio comparado con los recuerdos, momentos conmovedores o diversas etapas de mi vida en las cuales fue un privilegiado testigo.

Rubén Mario Baremberg / DNI 6.012.531