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El único argentino que integró la lista de Schindler contó su historia en Rosario

"No los puedo dejar ir a sus casas así", dice el hombre de 87 años sentado frente a una veintena de alumnos secundarios y comienza por segunda vez en la mañana a contar su historia.

Jueves 18 de Abril de 2013

"No los puedo dejar ir a sus casas así", dice el hombre de 87 años sentado frente a una veintena de alumnos secundarios y comienza por segunda vez en la mañana a contar su historia. Francisco Wichter, sobreviviente del Holocausto y único argentino que integró la famosa lista del empresario Oscar Schindler, no se permite el cansancio y reinicia el relato una y otra vez. "Cumplo con todos", repite varias veces, se saca nuevamente el saco —algo holgado para su baja estatura— y vuelve a sentarse detrás del micrófono. No se trata sólo de un mandato y un legado que tiene la obligación de transmitir. "Hay cicatrices en la mente y en el corazón. A veces se inflaman, por eso hay que descargar todo lo vivido y lo sufrido", admite el hombre que a 68 años de finalizada la guerra sigue exorcizando sus fantasmas a través de la palabra.

Francisco —aunque recuerda que Faivel es su nombre en Idish— desembarcó en Buenos Aires con su mujer Hinda apenas dos años después de terminada la Segunda Guerra, en 1947. En los últimos años escribió el libro "Undécimo mandamiento", recorrió el país contando su historia, estuvo en Tucumán, Salta, Mendoza y esta es su tercera visita a Rosario. Sin embargo, no siempre fue así.

Haber integrado la lista con la que el empresario Oscar Schindler puso a resguardo a casi 1.300 judíos le permitió sobrevivir al genocidio; y medio siglo más tarde, cuando Steven Spielberg llevó al cine la historia, él pudo romper el silencio. "Por primera vez sentí la necesidad de contar, y no solamente para mí", recuerda.

Visita. Su paso por Rosario fue en el marco de "Shoá Ugvurá (Holocausto y Valentía)", la muestra que se exhibe en la sede de Gobernación y por donde pasaron ayer alumnos secundarios de las Escuelas Urquiza y Sur (ver aparte).

"Contar es una obligación", repite Francisco y le dice a su público adolescente: "Hay que contar para que no se repita, para tratarse con respeto". Así termina el intercambio y comienza su charla con La Capital contando el principio de su historia, en Polonia, donde era el mayor de seis hermanos.

"Cuando estalló la guerra tenía 13 años y eso en nuestra religión significa que uno tiene la mayoría de las obligaciones de los mayores", recuerda y describe en detalle el pueblo de Markushev, donde vivían y donde su padre era artesano zapatero. "Mi aldea era como una calle ancha, con un río. Había una casa al lado de otra y atrás se extendía un chorizo de 2 kilómetros donde estaba la parcela que cultivaba un vecino", indica con precisión y agrega enseguida que poco quedó del lugar tras los primeros bombardeos.

Permaneció con su familia hasta 1943, cuando el régimen nazi se llevó a todos los judíos de la pequeña ciudad de Belzyce, entre ellos sus padres y sus hermanos. Su primer destino fueron los campos forzados de trabajo, de los que aún lleva la marca "KL" en el brazo derecho.

La lista. Para él, haber sobrevivido está atado "al destino, a las circunstancias y a un sexto sentido, a apostar por la vida". Sin embargo, aclara que "la mayoría de las veces no había opciones, te ponían en la fila de la derecha o de la izquierda, y no se sabía qué podía tocar".

A él le tocaron campos de trabajo forzado, alambrados y con orden de fusilamiento para quien intentara escapar, pero "menos estrictos que los de concentración y exterminio".

En uno de esos campos, en el Plaszov a las afueras de Cracovia, fue donde escuchó hablar de Schindler por primera vez. "Plaszov era un viejo cementerio judío donde pasamos cuatro semanas y nos tocó la tarea de desenterrar a los que habían sido ejecutados allí anteriormente. Cuando terminamos escuchamos noticias de un empresario alemán que estaba haciendo una lista para llevar a sobrevivientes judíos a una fábrica de municiones en territorio checo ocupado y teníamos buenas referencias de una primera fábrica que había tenido en Cracovia y que ya estaba cerrada", cuenta.

"Mi nombre y fecha de nacimiento estaba en la lista", afirma, y esa era la clave. Así llegó a la fábrica de municiones de Schindler, donde no había trabajo, pero se parecía al paraíso porque "todos recibían buena comida, nadie pasaba hambre ni frío, y nadie se enfermaba". Allí estuvo hasta el final, hasta que supo de la rendición alemana. Allí se supo huérfano de toda su familia y apenas dos semanas después decidió dejar Polonia para no volver.

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