Martes 11 de Agosto de 2009
Quizás paresca una simplicidad asociar las maneras de comportarse y conducirse en sociedad con el funcionamiento de las instituciones; pero a mi juicio, no. Los malos tratos y el mal comportamiento son productos de la mala educación recibida en el núcleo familiar, en primer término, y en la sociedad, en segundo. Muchos altercados podrían ser evitados con un simple gesto de buen trato o la palabra apropiada expresada con un tono cordial. Ambos constituyen el inicio de una adecuada comunicación. Además, la palabra es la palabra del otro que afirma mi existencia, como diría el escritor ensayista Octavio Paz. Los buenos modales no constituyen una superficialidad o una pose sino una expresión de humanidad que conlleva el arte de relacionarse con un semejante. La intolerancia, muchas veces, denota la incapacidad de expresarse adecuadamente que, en forma explosiva, se vuelca hacia fuera ante la imposibilidad de reflexionar y plasma la idea en fonemas humanos. Qué decir de las piezas de elocuencia, entendida ésta como el arte del buen decir y hablar que, oradores como Cicerón, dejaron para la posteridad y son motivo de permanente consulta por quienes hacen gala de la buena retórica. Los buenos modales son un acto de reconocimiento y respeto por la otra persona y por uno mismo. La tan manida calidad institucional que se declama en las altas esferas del poder, no debería obviar, además de la idoneidad en el cargo, el buen trato y la buena predisposición que pueden incluir el más frecuente uso de palabras como: por favor, gracias o un pedido de disculpas. No hay calidad institucional sin calidad humana.
Alejo Vercesi
alvercesi@fiobertel.com.ar