Sábado 01 de Agosto de 2009
En su efemérides del 29 de julio, Guillermo Zinni recuerda que el 29 de julio de 2000 el eminente cardiocirujano René Favaloro se quitaba la vida. Al día siguiente salía publicada la carta en la que explicaba las razones de su dramática decisión. Angustiado y agobiado por la crisis económica que castigaba a su Fundación, Favaloro se había cansado de pedir ayuda, de golpear puertas esperando que alguien se dignara a ayudarlo. La Argentina abandonó a Favaloro. Dejó librado a su suerte al médico que salvó miles de vidas gracias a la técnica del by pass por él inventada. Se desentendió de un galeno que era respetado en todo el mundo, que era orgullo de la cardiología mundial. El suicidio de Favaloro puso en evidencia el obsceno desinterés de la Argentina por quienes dedican toda su vida a mejorar la salud de las personas. Para el poder, Favaloro no era importante. Entre otorgarle un subsidio a su Fundación o a una empresa que brinda un pésimo servicio, el poder optó por la segunda alternativa. El suicidio de Favaloro no hizo más que poner al descubierto lo mediocre que somos como país. Mientras que en los países más desarrollados del mundo Favaloro era considerado una eminencia, en la Argentina era ignorado. Confieso que continúo sintiendo vergüenza ajena cuando recuerdo este trágico hecho. Es que no puedo tolerar que en la Argentina no se valore a los que salvan vidas y sí, en cambio, a deportistas, miembros de la farándula y políticos de frondoso prontuario. El suicidio de Favaloro no hizo más que confirmar la vigencia del tango "Cambalache" del inolvidable Enrique Santos Discépolo.
Hernán Andrés Kruse
hkruse@fibertel.com.ar