El sonido de la sorpresa
En una de las páginas de la "Historia del jazz" de Ted Gioia, cuya primera edición inglesa data de 1997, el autor cita a Whitney Balliet (un crítico de jazz que trabajó más de 40 años para The New Yorker.

Domingo 14 de Julio de 2013

En una de las páginas de la "Historia del jazz" de Ted Gioia, cuya primera edición inglesa data de 1997, el autor cita a Whitney Balliet (un crítico de jazz que trabajó más de 40 años para The New Yorker, y que falleció el 3 de febrero de 2007, a los 80 años) quien decía que el jazz puede todavía ser alabado y lo califica como "el sonido de la sorpresa". Por nuestra parte no tenemos duda alguna que es así. Pero haríamos una aclaración: El sonido del jazz nos sigue sorprendiendo tanto en las más viejas grabaciones como en las que conocemos de las mas nuevas (que dicho sea de paso no son muchas). Mas aún, ahora que dedicamos bastante más tiempo a la audición de discos de jazz que antes (posiblemente uno de los motivos es que desde hace más de un año no vemos televisión), nos damos cuenta que escuchar algunos discos que creíamos haber escuchado lo suficiente, nos siguen deparando gratas sorpresas.

La discografía del libro de Ted Gioia está realizada con mucha inteligencia. Se pueden apuntar ausencias, sentir que en lugar de esa grabación podría haber estado otra. Pero lo que nos complace es que ha elegido una sola o dos obras, agrega la fecha en que fue registrada y si es necesario algún otro dato de a que CD o LP puede pertenecer o alguno de los músicos que también intervienen además del principal músico. Ni siquiera nos ofrece las dos caras posibles de un 78 rpm. Si no que menciona una sola. Por ejemplo: "West End Blues", canción de Joe King Oliver que Louis Armstrong grabó a sus 26 años con Earl Hines el 28 de junio de 1928 en Chicago.

Creo que es la discografía que me hubiera gustado hacer, ya que el juicio que se puede tener sobre un cd de cerca de ochenta minutos no obliga a la intensidad con la cual debemos escuchar, por ejemplo, los solos de "Singin? the Blues" de Bix Beiderbecke.

Por otra parte debo confesar que todavía, a los 77 años, no me resulta siempre demasiado placentero escuchar un CD de cerca de ochenta minutos (de un mismo intérprete) salvo algunas excepciones. Prefiero hacer mis propias antologías, mal grabadas por cierto, pero que tienen lo que deseo escuchar y en la forma que me gusta hacerlo. Eso además de la buena cantidad de antologías que hay entre los CD.

Aclaro que no sólo me pasa con el jazz. Me resultan necesarios (para vivir, digamos) cuartetos de Schoenberg o los de Bartok, pero no podría escuchar uno de esos nuevos inventitos que permitirían hacerlos escuchar todos a la vez. Digamos que lo mismo puede ocurrir con la literatura. Se trata de un ejercicio diferente, al menos para mí leer "El Aleph" en un ejemplar del libro, que leerlo en las obras completas de Borges. No sólo me resulta incómodo desde el punto de vista físico, sino que tampoco lo es desde la misma lectura. No soy enemigo ni de las obras completas de autor alguno, ni tampoco de tal o cual compositor o intérprete, pero eso debe quedar para después de haberlas leído por separado. Por mi edad eso me ocurrió, por ejemplo, con Borges y con Cortázar, sobre todo con éste último. Me alegra poder tal o cual edición completa de Ellington o de Camus, pero son cosas que leí o escuché antes de tenerlas y esas primeras experiencias no tienen comparación alguna. ¿Puedo exagerar? Tengo muchos números de "Sur", en los cuales suelo encontrar páginas de autores que quiero particularmente. Esa experiencia es hasta diferente a la del mismo libro. Y me ocurre si algún amigo (en realidad sólo Alejandro Gollán) pone un disco de 78 rpm y entonces la misma música del "St. Louis Blues" se transforma en algo distinto.

Volvamos a ese sonido de la sorpresa del jazz. En mi caso se acrecienta día a día. Y me siguen gustando las mismas cosas como me disgustan otras. Me causa satisfacción leer en un especialista como es Ted Gioia sus conceptos sobre Harry Connick Jr. "Connick demostró un verdadero talento especialmente como cantante, y resumaba un infrecuente grado de presencia para un músico tan joven, pero estos dones fueron promocionados más allá de lo razonable cuando la maquinaria de publicidad intentó lanzarlo como en nuevo Frank Sinatra". Recuerdo que hace un par de años vi un show por televisión (donde intentaba ese papel de "nuevo Sinatra") y los resultados eran cualquier cosa menos satisfactorios. Por el contrario, por momentos sólo se trataba de una mera (y mediocre) caricatura.

El jazz sigue siendo esa sorpresa poco menos que constante tanto en lo viejo como lo nuevo, en lo presumiblemente consagrado por todos como en muchas formas de experimentación, pero no necesariamente en todas. Por otra parte que el jazz utilice elementos de los "nuevos" sistemas de composición, muchos de los así llamados ya tienen casi cien años. "El jazz, dice Gioia, ha sido siempre una música de fusión". Puede ser que así sea, pero la sorpresa, claro está, no consiste en eso.

Que insista en las tendencias hacia ciertas formas como el serialismo, el gusto por distintas etnias musicales, parecen positivo en la medida que se deslindan los territorios que se estudian. Todo parece ir pasando con gran rapidez, lo más nuevo se convierte en viejo al día siguiente, pero nada de eso constituye la sorpresa del sonido del jazz. Ese asombro, eso que tanto conmueve nuestra fibra más íntima, es descubrir en cada audición ese afilado camino por el cual va el instrumentista con cada una de sus interpretaciones. Esto no siempre ocurre con la misma extrema fascinación, pero cuando ocurre, se produce ese sonido para un genuino asombro.

Así como no me agrada que las referencias de Gioia a Spike Hughes y Mezz Mezzrow sean meramente referenciales (juicios sobre otros músicos) el libro y su discografía me llevan a volver con insistencia a escuchar ciertos discos. El resultado ha sido pleno. El sonido de la sorpresa me ha invadido y ha disipado la angustia de cada día.