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El saxofonista Ruben "Chivo" González confieza que "al tocar, mi cabeza vuela"

El legendario saxofonista se presenta hoy con su banda en el ECu. Una charla con su historia.

Sábado 12 de Octubre de 2013

El Chivo González toca el saxo y vuela. Pero en ese vuelo establece un puente con la gente. De eso se trata emprender un camino artístico. Es saltar al vacío para caer en un lugar preciado: la sensibilidad del destinatario.

   El señor de cabello blanco, con una calidez única, llega al bar El Cairo para la entrevista con Escenario en un mediodía húmedo. El disparador de la charla es el show que presenta hoy, a las 19.30, en el Espacio Cultural Universitario (ECU), San Martín 750, con entrada libre y gratuita.

   “Jazz y otras canciones que merecen ser recordadas y recreadas” se titula el recital, en el cual la cabeza de elenco Rubén “Chivo” González tocará saxo y clarinetes; Nicolás “Cuqui” Polichiso, la guitarra eléctrica; Charly Samamé, el bajo y Pau Ansaldi, la batería. Como invitadas especiales, en los coros, Liza Polichiso y Mercedes González, quienes demostrarán qué honor le hacen a sus nombres y sus apellidos.

   Apenas entra al bar, El Chivo señala una foto, enmarcada, en blanco y negro. “En esta foto estoy yo, ¿a ver si me encontrás?”. El juego que improvisa ante un casi desconocido tiene la misma lógica que la que pone en escena cuando toca. Una propuesta lúdica con final feliz.

   La foto de referencia es la del primer año del curso promoción 58 de la Escuela Industrial Superior de la Nación, hoy más conocido como el Politécnico. Con cara de pícaro y delantal blanco se lo ve a Roberto Fontanarrosa y un par de filas más arriba está él, mucho, pero mucho antes de que la vida los bautice con el nombre de Negro y Chivo.

   Cortado en jarra mediante, la charla se desarrolla en una de las mesas del fondo del conocido bar de Santa Fe y Sarmiento. Ahí, a un metro de esa inocente foto colgada en la pared, El Chivo se expresa con una libertad casi similar a la que muestra sobre un escenario.

   —¿Cuándo arrancaste con la música?

   —Yo empecé a estudiar música a los 12 años, desde muy joven, mi maestro era Grisiglione, el padre de uno de Los Cinco Latinos. Era un italiano de Sicilia que tuvo un montón de alumnos, uno de ellos fue Hugo Pierre, que falleció el otro día y fue un golpazo tremendo. Me empezó a gustar el jazz porque escuchaba las orquestas que habitaban los bailes. En ese momento la vida era muy distinta, yo vivía a media cuadra del Club Echesortu, en 9 de julio al 3700, viví 27 años ahí, me casé y me fui, y de muy pibe me impresionaba la banda de unos italianos que tocaban en la Plaza Buratovich.

   —¿Qué tocaba esa banda, te acordás?

   —Sí, tocaban marchas para las procesiones, había flauta, bombardino, trompeta, trombón, clarinete, o sea, trasladaron sus costumbres acá, y uno de ellos fue mi maestro. El vivía en Cafferata 1490, Grisiglione se llama, con G adelante, y ahí me empezó a interesar. Antes de irme a la colimba empezamos a armar unos grupos para rebuscárnosla en los bailes. Lo que pasa es que yo tocaba el clarinete y en esa época aparecieron Los Beatles.

   —¿Y cómo se combinó toda esa música con la presencia de ellos?

   —No hubo combinación posible, siempre me cargan porque yo digo que tengo cierto resentimiento con Los Beatles porque nos arruinó el negocio. Por supuesto que es más un chiste que otra cosa, pero en realidad, fijate, entre medio de los bronces y todas esas cosas aparecieron tres guitarristas y una batería, con flequillos, a tocar una música absolutamente novedosa.

   —Y encima eran buenos.

   —Claro, y sobre todo tenían un motor atrás para ponerlos en la cresta del mundo que era impresionante. Pero bueno, al poco tiempo empezó a entrar la fusión, aparecieron grupos que usaban instrumentos de viento y una base rockera, como Chicago, y al poco tiempo, en los años 70, integré un grupo muy bueno, que se llamaba Resurgimiento.

   —¿Este grupo Resurgimiento es el que te marcó en tu formación musical?

   —No, no, lo primero que yo hice fue música de baile, hacíamos cumbia, que era una especie de remedo de lo que hacían sobre todo dos grupos: Los Wawancó y Los 5 del Ritmo. Entonces los bailes pasaron de ser de una orquesta de jazz y una orquesta típica a una orquesta de música tropical, entre comillas, y una de rock.

   —¿Y qué tipo de música hacían?

   —Y bueno, con Resurgimiento hacíamos esa onda de Chicago, y Pucho Alberto manejaba eso. Ahí teníamos tres vientos y una base rítmica completa, bajo y guitarra eléctrica, teclados y batería, y Pucho cantaba y tocaba la viola, yo tocaba el saxofón,porque el clarinete era sólo en la cumbia.

   —O sea del clarinete con la cumbia pasaste al saxo y al jazz.

   —Exactamente, y bueno, después entré en la Sinfónica, toqué seis años clarinete y clarinete bajo, pero siempre con el jazz en la cabeza. Ahí me vinieron a buscar para hacer un grupo que fue famoso, bah, famoso, fue el Quinteto Argentino de Jazz, que después se agregó Cuqui Polichiso, pero como uno de los integrantes no le quiso cambiar el nombre yo le puse Quinteto Argentino de Jazz, agrupación de seis músicos.

   —Un nombre bastante largo...

   —Bueno, era una especie de chiste, en realidad fue siempre el Quinteto Argentino de Jazz, pero después a partir de ahí, integré otros grupos: Jazzmanía, Mundo Bizarro, y otros más.

   —Así y todo insistís con que el negocio se te arruinó por Los Beatles.

   —No, pero no lo digo yo, lo dijeron famosos del jazz, en el sentido que a esas bandas que tenían cinco saxofones, cuatro trombones, cinco trompetas y sección rítmica, de repente les arruinaron el negocio y cambió todo brutalmente. No te olvides que en esa época uno era joven y las cosas eran medio crueles. Cuando arrastraba el instrumento mío me miraban con unas caras, porque de repente pasás a ser un obsoleto. “¿Clarinete? No, tenés que tocar la guitarra, loco, o el bajo eléctrico, como Los Beatles”, te decían.

   —¿Cuantos años tenés?

   —Tengo muchos, pero la verdad es que yo toco y me siento como si tuviera 30. Si pudiera tocar todo el día tocaría todo el día. Ahora estoy jubilado, pero siempre me dediqué a la computación. Yo era gerente de un centro de cómputos de una compañía de seguros que no existe más, pero nunca dejé de tocar. Cuando yo llegaba a casa, mientras esperaba la comida que hacía mi mujer, aprovechaba, me aflojaba la corbata y empezaba a tocar, aunque sea 20 minutos.

   —¿Qué es el saxo para vos?

   —Mirá, acá viene a cuenta una anécdota de cuando tenía 11 o 12 años, yo estudiaba el clarinete, pero estudiaba un poquito la lección y enseguida mi cabeza volaba y tocaba otra melodía. Y mi vieja se daba cuenta que no tocaba lo que me habían dado, entonces una vez abrió la puerta y me dijo: “Mirá Rubén, tenés que estudiar lo que te da el maestro, y después vas a tocar lo que vos quieras”. Y sobre todo me dijo esto: “Y después, cuando vengas de trabajar cansado, y llegues a tu casa y toques, vas a sentir una liberación”. Yo la miré a mi vieja como diciendo “¿qué me dice, pero esta mina qué sabe?”. Y ahora me doy cuenta que era una vidente. Y mi maestro Grisiglione también me decía: “Rubén, tocá lo que está escrito, vos sos muy inteligente, pero tocá lo que está escrito”.

   —Eran varios los que te retaban, pero por suerte no les hiciste caso.

   —Mirá, yo vi en la Sinfónica a tipos que ya están cantando a primera vista, y me merecen toda la admiración del mundo. Pero yo no podía hacer eso, yo tenía que escuchar cómo venía la pelota para ver en la sinfonía cómo se iba mezclando y decir acá va una parte importante y lo tengo que cantar bien.

   —¿Cantar le llamás a tocar?

   —Sí, pero cantar es expresarse, comunicarte, en el sentido que hay tipos que tocan técnicamente brillantísimo, pero no comunican. Están haciendo una exhibición de virtuosismo, pero con poca comunicación. Yo siempre les digo a los que tocan conmigo que la primera comunicación se tiene que dar entre nosotros, si se establece esa comunicación es casi seguro que se va a establecer con los que están escuchando. Ahora si cada uno está tocando como si estuviéramos peleados, tocamos con un rigidez que es muy difícil que eso se transmita.

   —¿Qué respondés a los que dicen que el jazz es para intelectuales y que es aburrido?

   —Hay un prejuicio en todo eso, pero hay otra cosa también, hay una tendencia —que no la critico para nada— pero es de los grupos de jazz de la última época, y consiste en tocar toda música propia. Y a mí me pasa que esa gente puede tocar bien pero yo no me acuerdo una nota después, no me puedo llevar ninguna imagen. En cambio la propuesta de Ron Carter es de lenguaje universal, y yo digo que hay que establecer el exacto equilibrio entre el lenguaje universal y el lenguaje propio. Lo que tiene de bueno el jazz es que vos exhibís un tema y podés hacer correlatos con ese tema o con la armonía, y ponés lo tuyo.

   —¿Por qué el jazz permite improvisar y otros géneros no tanto?

   —En principio el jazz es música instrumental, distinto al rock en donde tiene más importancia lo que dice el tipo, eso no quiere decir que en el jazz no haya cantantes o letras impresionantes. Pero la música instrumental te permite hacer eso que yo hacía cuando mi mamá me dijo eso: inventar. El invento puede ser peor, mejor, pero es invento, una cosa del momento, que tiene una característica importantísima, que es la espontaneidad.

   —Como cuando tocabas después de volver del trabajo.

   —Claro, después de mucho tiempo, uno de los halagos más lindos que tuve de mis hijas fue cuando me dijeron: “La verdad que era admirable lo que vos hacías, porque en vez de estar despatarrado esperando la comida, tocabas”. Eran veinte minutos, pero eran temas que se me venían a la cabeza, clásicos, o puro invento.

   —¿Cuál es el momento de más placer, cuando componés o cuando ves a alguien en la platea enganchado con tu música?

   —Ah, eso es genial, y a veces me ha ocurrido. Cuando levantás la cabeza y ves a alguien sincronizando con vos, es un placer. Abrís los ojos y ves dos o tres asintiendo con lo que vos tocaste: ése es el momento cumbre.

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