Domingo 30 de Enero de 2011
En algún aspecto que no habrá que exagerar el complicado territorio donde se agrupan el complejo municipal de Alice y Lamadrid, barrio Las Heras y sur de La Tablada ofrece un aspecto nuevo. No por su fisonomía, que sigue siendo la de siempre, sino por algunas mudanzas simbólicas. Entre 2005 y 2009 en este diario aparecieron informes periódicos resaltando los exasperados niveles de violencia en esa jurisdicción. El emergente más inquietante eran unas cifras de homicidios inéditas e incomparables con las de otras zonas de la ciudad.
Pero lo más pesaroso, para los vecinos, no era sólo el despilfarro enloquecido de sangre joven, sino la impunidad. Crónica tras crónica, muerte tras muerte, habitantes de esa franja de la zona sudeste rosarina susurraban a los periodistas su cansado agobio. Dueños de la calle, los que controlaban el territorio estaban ahí, a la vista de todos. Y no había nadie para escuchar ni reparar en lo obvio.
Los testimonios que permitieron imponer esta sentencia estuvieron desde el inicio. Este diario los reflejó a seis días del hecho. Pero por un año el expediente no se movió, lo que implicó una libertad de movimientos que para algunos en la zona era la garantía de su cruento predominio. Lo que la mayoría, desamparada, debía aceptar bajo amenaza de muerte.
No es que no haya más violencia en la zona. Un estrago de raíz histórica no declina de un día para otro. Pero este fallo, además de reflejar lo que el barrio padeció en carne y hueso durante tanto tiempo, expresa un valioso gesto del Estado por recuperar influencia en un espacio abandonado a alto costo. Para que esta sanción fuera posible valientes vecinos se arriesgaron a hablar al precio de tener que irse y empezar una vida nueva en otro lado. Ese tremendo sacrificio es la insuperable moneda de pago para que ni las fuerzas de seguridad ni la Justicia dejen que unos pocos usurpen la custodia debida a los vecinos. Por hacer, hay mucho.