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"El relojero", un sueño cumplido para la comedia municipal de teatro

La comedia municipal de teatro “Norberto Campos” debuta hoy con la obra clásica de Armando Discépolo, con lo que se cumple una vieja aspiración de la comunidad teatral.

Sábado 05 de Octubre de 2013

Finalmente llegó el día: la Comedia Municipal de Teatro “Norberto Campos” tendrá su esperado debut. Lo hará con “Relojero”, un clásico de Armando Discépolo, que se estrena hoy, a las 21, en el teatro La Comedia (Mitre y Cortada Ricardone). La elección de los actores y del director es producto de un proceso de selección por jurados, con el cual se dio por cumplido este viejo sueño de la comunidad teatral rosarina, como es la creación del primer elenco estable, aunque rotativo, dependiente de la Secretaría de Cultura y Educación de la Municipalidad. El responsable de la puesta de “Relojero” es el director Raúl “Quico” Saggini, que tiene a su cargo un elenco integrado por Norberto Gallina, Christian Valci, Susana Kreig, Diego Leiser, David Gastelú y Victoria Faerman, elegidos entre más de doscientos postulantes.

Saggini aseguró que estar al frente de esta primera apuesta es una “responsabilidad”, pero que, en el contexto de su significado para la ciudad, “se transforma en una felicidad muy grande, en un placer y un gusto tremendo”. La pieza, perteneciente al grotesco criollo, aborda los conflictos morales y sociales de una familia. Según Saggini, “hay que ver los domingos en familia” para comprender la actualidad del texto: “Como vivimos los argentinos: en crisis y siendo un grotesco caminando”.

   —¿Qué significa inaugurar la comedia rosarina?

   —Una gran responsabilidad, pero más que gran responsabilidad, es una hermosa responsabilidad porque se trata de una comedia que lleva el nombre de una persona muy querida por mí que es Norberto Campos, con quien trabajé tantos años. Hemos recorrido buena parte del país juntos, con el grupo Litoral, con Cristina Prates, con Gladys Temporelli. Todo eso está presente en cada paso, en cada marcación, en cada mirada, en cada objeto que aparece en escena, en cada recuerdo, chiste y cada gracia. En cada cosa está siempre presente el Viejo Campos. Y esa responsabilidad se transforma en una felicidad muy grande, en un placer, un gusto tremendo.

   —¿Qué va a aportar la comedia rosarina a la ciudad?

   —Tener un lugar de profesionalización del actor rosarino, donde el actor se sienta dignificado, donde está trabajando todos los días en su oficio de actor; que cobra un sueldo, y que puede, con tranquilidad, sin enloquecerse, simplemente con mucho trabajo, con un trabajo digno, mostrar lo mejor que tiene para entregarle a un público que muchas veces no nos reconoce. Me parece que es así. Va a dignificar el oficio. Mejor dicho: debemos tomar a la Comedia como un espacio de dignificación del oficio.

   —¿Cuál es la vigencia de “Relojero”?

   —Tratamos de dejar la esencia de los conflictos que aparecen en la obra: la relación padre-hijo, la mirada sobre la moral y política entre las distintas generaciones, las discusiones familiares. La gente se va a sentir identificada en la segunda escena como una discusión que se está dando hoy en nuestra Argentina, en las mesas de todas las familias. Y acá se da esa discusión sobre la moral, la política, la religión, sobre todos los temas que uno dice “no toquemos el tema el domingo en la mesa”. Acá se tocan porque forman parte de nuestras vidas.

   —¿Creés que la moral del pasado, la mirada sobre la política, lo social, lo religioso, entra en conflicto con el presente?

   —Permanentemente, y el autor ya lo planteaba. Fijate que esta es la última obra que escribe Discépolo. El muere en el 71 y esta obra la escribe en el 33 y se estrena en el 34. Plena crisis. Como vivimos los argentinos: en crisis y siendo un grotesco caminando.

   —Es notable que a pesar de la trascendencia del grotesco criollo, y además de ser su última obra, Discépolo finalmente se dedicó a la dirección de autores extranjeros, e inclusive se fue de la Argentina.

   —El abreva en Pirandello, en Shakespeare, y crea el género nuestro, el grotesco criollo, sin saberlo, creo yo. El viejo este pone todo eso en sus escrituras, como “El organito”, que la hice hace unos años, “Stefano”, “Mateo”, “Babilonia”, “Mustafá”. “Relojero”, lo que sí tiene a diferencia de los que nombré, es que acá no aparece el cocoliche. No es el inmigrante. Aparece un personaje grotesco, uno de los hermanos, pero a pesar de él, pobrecito. Acá son hijos de la tierra.

   —Que conservan la misma frustración de sus padres inmigrantes...

   —Y otra cosa: los oficios. Las obras se llaman “Relojero”, “El organito”, “Stefano”, tienen un nombre de persona o de sus oficios; “Mateo”, el nombre de un caballo, que es el que le da trabajo a este hombre.
  —Esa frustración que heredan “los hijos de la tierra”, ¿es inevitable también hoy?

   —Es que el teatro es un espejo permanente y creo que nosotros tenemos nuestros fracasos y nuestros éxitos, y también estos tres hijos de Daniel e Irene (los personajes centrales). Cada uno tiene lo suyo: uno es pensando, el otro sintiendo y el otro sufriendo. En los tres hijos están esas cualidades y esas características que también hacen a nuestra cultura. Nuestros inmigrantes, sobre todo en Rosario, son una mezcla entre italianos, españoles, judíos y turcos, esa cosa de sufrir y lamentarse, y que mañana seremos recompensados. Eso aparece en Discépolo.

   —Después de “Relojero” Discépolo dijo que ya no tenía nada para decir. Pero sin embargo el grotesco tenía cosas para decir, con Cossa, entre otros autores...

   —Lo toma Roberto Cossa, (Ricardo) Monti, Mauricio Kartún, los alumnos de Mauricio, (Rafael) Spregelburd. Permanentemente hay cosas para decir porque creo que es nuestro género. Es el género que nos representa, que vivimos diariamente. Nuestra familia es un grotesco, y como decía una vez la Chiqui González (actual ministra de Innovación y Cultura de la provincia), cosa que es cierto, “lo que para algunos es el grotesco, en mi familia es naturalismo” (risas). En todos lados pasa eso. Hay que ver los domingos en familia, es eso.

   —¿Existe una ruptura de las nuevas generaciones con la moral heredada de los inmigrantes?

   —Creo que generamos una nueva moral permanentemente. Estamos generando una nueva moral, pero también nuestros hijos romperán con la moral nuestra, que es la de los hijos del relojero, porque nosotros pertenecemos a esa generación y nuestros hijos rompen con la nuestra. Hay cosas que hacen nuestros hijos que no podemos creerlo. Y lo harán nuestros nietos también. Generalmente pasa eso: se genera una nueva regla que también se rompe. Y eso es lo interesante. Uno no hace más que identificarse con lo que está pasando.

   —Las relaciones familiares ya no son lineales. ¿Cómo hace la generación actual para apropiarse o identificarse con una obra que tiene 80 años?

   —Es estéticamente bella. Vas a ver el trabajo de los actores jóvenes. Te llena el alma ver una actuación de estos jóvenes, y la de los grandes, qué tipo de experiencia, cómo se encuentran con estos pibes, y estos pibes cómo respetan el laburo de los mayores. Se dio eso con “Relojero”. Y le quitamos la solemnidad a algunas relaciones.

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