El recambio en la Nación
Dos periodistas argentinos escriben en diarios extranjeros visiones enfrentadas sobre el momento histórico por el que atraviesa el país con el fin de la era kirchnerista y el comienzo del gobierno elegido el 22 de noviembre.

Viernes 11 de Diciembre de 2015

Empieza una nueva época

Lo que ocurre en Argentina con la elección de Mauricio Macri como presidente es la mejor demostración de lo que puede la confianza en la economía y en la sociedad en un todo. Nada es igual. En parte, porque cualquier alternativa es mejor que Cristina Fernández de Kirchner y sus inimputables. En parte, porque Macri trae un mensaje de esperanza, de gestión, de diálogo, de defensa del interés colectivo, de honestidad, de lucha contra la corrupción y la inseguridad y sobre todo, de no caer en el juego arcaico y melancólico de las ideologías, el verdadero opio de los pueblos modernos.

Macri ha cambiado por presencia el posicionamiento internacional del país, lo ha vuelto a poner en el mapa y ha reflotado el optimismo de los argentinos con vocación de trabajar y producir.

La democracia, cosa que habíamos olvidado con Fernández de Kirchner, es un fideicomiso que la sociedad hace a favor de un gobierno al que confía su futuro. Espera que tanto sus patrimonios como sus esperanzas y necesidades sean cuidados religiosamente y les sean devueltos intactos al fin del mandato, si es posible en mejor situación.

Macri está recreando ese contrato. Finalmente, fides significa confianza, pero también lealtad.

Sus ministros son respetados, formados y con mucha experiencia de gestión, imprescindibles en un país que debe reorganizarse íntegramente, refundar su sistema rentístico y su federalismo, viejo sueño que nunca se cumplió por el totalitarismo de gobiernos tanto democráticos como militares.

Tienen una misión casi imposible en cuatro años de mandato. El gasto público que hereda es un laberinto digno de Dédalo, equivalente a 10 veces el producto bruto de Uruguay. No es posible pensar en una economía sólida en el mediano plazo sin bajar esa monstruosa carga. Pensar en licuarla vía el crecimiento es no recordar la historia, ni entender cómo funciona la corrupción privada-estatal.

Pero al mismo tiempo, Macri tiene un cepo. O un doble cepo. Uno, el que le forzó a colocarse la campaña del miedo de Scioli, que lo obligó a prometer que nada cambiaría, ni siquiera barbaridades como Aerolíneas o Fútbol para todos, para citar obviedades. Otro, su convencimiento de que las normas que deben aplicarse no son las recetas de prolijidad fiscal del FMI. En eso, acaso sólo en eso, se parece a Cristina.

El nivel de gasto existente, más el que le arrojó incansablemente en sus últimos minutos la ex presidenta, más el que se producirá o aparecerá hasta el 10 de diciembre, que excede todo límite de decencia, se multiplicará cuando se vean las cuentas hasta ahora ocultas y se descubran las mentiras. A eso habrá que sumarle los juicios de los contratos ocultos y los que iniciarán las empresas amigas de Kirchner, si no sus propias empresas secretas. La mafia alegará sus derechos adquiridos y la seguridad jurídica.

Argentina apostará una vez más al crecimiento. Tiene con qué hacerlo, felizmente. Su agro está intacto. Su nivel de desaprovechamiento ha sido tal que es posible imaginar hasta una duplicación de la exportación con probabilidades de acertar. Tiene un crédito externo que ya empezó a golpear a sus puertas, casi sin llamarlo. Habrá que ver si se usa para crecer y sobre todo para innovar, o se diluye en pagar lo que se siga gastando.

El nuevo gobierno se hace cargo no sólo de gastos, déficit económico y deudas financieras. También recibe otras deudas. La de destapar la corrupción que nunca se le perdonará al kirchnerismo y sancionar a los que saquearon la Nación. La de consolidar las reglas democráticas y sobre todo las reglas republicanas para que no vuelva nunca la sociedad a estar en manos de aventureros que usen la democracia para acceder y luego la bastardeen para perpetuarse.

La deuda de llevar al país a ser algo aunque sea parecido a lo que alguna vez fue, en educación, en solidaridad, en cultura, en pujanza. La deuda de recuperar el orgullo y la dignidad del trabajo y el progreso. Y una deuda superior: la de volver a identificarnos como compatriotas, sin brechas ni odios, más allá de las convicciones o intereses de cada uno.

El último brote de putrefacción fue la amenaza de un baño de sangre si se publicitaban los verdaderos números de la derrota del Frente para la Victoria. Como lo hizo Macri, la gente prefirió dejar pasar este coletazo ponzoñoso final. Quiere mirar para adelante.

En otras épocas, de un oprobio de tal magnitud como el sufrido se habría salido con un golpe de estado. Esta vez se ha cambiado con votos, democráticamente y en paz. Argentina se ha puesto de pie, débil, golpeada, dividida y dolorida, pero ha recuperado la esencia misma de toda mejora, de toda construcción colectiva, de todo éxito: la confianza.

Macri tiene ahora la fiducia por cuatro años. El camino es largo y no es fácil. La sociedad tiene también una colosal tarea por delante. La de la reconstrucción individual y colectiva.

Vamos.

Dardo Garraspé / El Observador (Uruguay)

Con Macri el país perdió

Los grandes líderes se hacen desde el llano y en el ejercicio de gobierno. Esta es una debilidad del neoliberal Mauricio Macri, quien sólo ha conocido las mieles del privilegio y el poder.
Punto de partida ineludible frente a cualquier análisis de la actualidad argentina: con sus respectivas izquierdas y derechas, arribas y abajos, Macri y Daniel Scioli representaron a los dos países que se confrontan desde 1810: el soberano y el dependiente.

El soberano, unido sin titubear en el reconocimiento a la obra social del kirchnerismo, junto con la recuperación del Estado, los juicios por delitos de lesa humanidad, la vocación latinoamericanista y el cultivo de la escurridiza memoria histórica. Y el otro, en un haz de fuerzas disímiles, ganadas por el odio mediáticamente inducido contra la presidenta Cristina Fernández de Kirchner (CFK).
El triunfo de Mauricio Macri provino de las clases medias, con apoyo de los grupos económicos concentrados. Clases medias que la oligarquía impulsó y modeló ideológicamente a finales del siglo XIX, para que en nombre de ella representara sus intereses. O sea, fingiendo lo que no era y nunca fue. Ahí radica la impotencia política de las izquierdas argentinas. Provenientes, ellas mismas, de igual lugar social.
¿Qué hacer con las clases medias? Para Marx, sólo había burgueses y proletarios. Pero convengamos que después, el capitalismo se las ingenió para legitimar políticamente a sectores prósperos de la sociedad, concediendo aguadas formas de igualdad y libertad, y haciendo de la fraternidad filantropía, tercera pata del ideal republicano mal entendido.

Es por eso que ni con los históricos 800 mil votos conseguidos por el trotskismo derechista (que en el balotaje llamó a votar en blanco), hubiera podido revertirse el resultado. Como así tampoco el discurso merolico y la incuria política con chapa académica que en el mercado de las izquierdas virtuosas y virtuales venden el fin del ciclo progresista en América Latina.
Damas y caballeros. El único fin de ciclo tuvo lugar cuando los pueblos derrotaron democráticamente al terrorismo de Estado, que en los años de 1970 y 1980 barrió parejo, ahogándolos en sangre. Pero sostener tal cosa en comicios donde los pueblos miden su fuerza real frente a otras que los niegan es propio del onanismo intelectual clasemediero. Y una actitud radicalmente opuesta a la de miles de intelectuales de izquierda, que junto a millones votaron en favor del kirchnerismo, así como lo harán en Venezuela, Bolivia y Ecuador en favor de Maduro, Evo y Correa.

¿Que si las izquierdas pueden perder una elección? Bueno… ¿en qué muros de papel creen tener garantizada su victoria? Los revolucionarios de verdad se crecen, miden y revelan en la derrota. O no. Tribulaciones de la democracia, la política y ¡atención!, la comunicación… Que no pasa por los tiqui-tiqui de los teléfonos inteligentes, sino por el conocimiento del imaginario de una sociedad. Algo que las izquierdas subestiman, y a las derechas permite ganar elecciones.
En Argentina nadie gobierna sin el peronismo. Que en el tramo Néstor-Cristina fue más de lo que era: más democrático y menos autoritario, más pluralista y menos yoico, más flexible y menos dogmático, más conciliador y menos violento, más objetivo y menos utopista, más discreto y menos compulsivo, más político y menos ideologista, más latinoamericanista y menos argentino. Señales de una lluvia generacional que al viejo peronismo gustó poco y nada, y que a muchos líderes sindicales llevó a guarecerse bajo el paraguas de Macri.

¿Quién es Macri? Exhumando un viejo recorte de prensa, el respetadísimo historiador Noberto Galasso cuenta que un buen día de verano, frente al mar, el redactor de la nota divisó a Macri en un balneario exclusivo, leyendo La virtud del egoísmo, de la archirreaccionaria filósofa estadunidense Ayn Rand (1905-82).
Eso representa Macri: el egoísmo de buena parte de la clase media argentina y de sectores populares alienados por su ideología. Es el segundo político de las derechas que gana los comicios democráticamente, en 100 accidentados años de sufragio universal, secreto y obligatorio. Y el primer gobernante que alcanza la presidencia con dos procesos abiertos por la justicia, a más de 214 denuncias por estafa, asociación ilícita, falsificación de documentos, abandono de personas, lavado de activos, peculado, etcétera.

Con toda seguridad, con Macri en la Casa Rosada los cuadros del Che, Allende y otros de la galería de patriotas latinoamericanos irán al bote de basura. Así como el del genocida Jorge Rafael Videla volverá al lugar donde estaba en el Colegio Militar, hasta que en acto público y solemne un presidente soberano, Néstor Kirchner, ordenó al jefe del ejército: proceda a descolgarlo.

José Steinsleger / La Jornada (México)