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"El principal error que se comete a menudo es que los museos carecen de pasión"

Salas con nueva impronta. El historiador inglés David Fleming, director de los Museos Nacionales de Liverpool, quien disertó en Rosario en la Fundación Litoral.   

Domingo 25 de Agosto de 2013

"El principal error que se comete es que los museos carecen de pasión", dijo el historiador inglés David Fleming en el marco de la conferencia "Las ideas detrás de los museos", que impartió el miércoles pasado en la Fundación Litoral. Con tono atildado y expresión neutra, pero con un ritmo de exposición vertiginoso, que cautivó al público y empleó a dos traductoras para la versión simultánea en español, el especialista expuso la situación de los museos en su país en perspectiva histórica y analizó en particular el perfil de los museos democráticos.

Fleming es director de los Museos Nacionales de Liverpool —bajo su gestión el número de visitantes pasó de 700 mil personas en un año a más de 3 millones— y presidente de la Federación Internacional de Museos de Derechos Humanos. Antes de la conferencia, el presidente de la Fundación Litoral, Guillermo Whpei, encuadró su visita en el proyecto del Museo de la Democracia, "un lugar al que pensamos como parte de la vida de los rosarinos, donde se pueda debatir y donde se pueda construir para fortalecer las instituciones".

Susana Medem anunció luego la incorporación de Fleming al cuerpo de asesores del Museo de la Democracia. Citó una frase del invitado —"soy un historiador, pero siempre he deseado sacar a la historia de los libros de texto y ponerla en la vida de la gente, para traer la historia a la vida"— y destacó su rol en la creación del singular Museo de la Esclavitud, como temáticas afines al museo que funcionará en el Palacio Fuentes, sede de la Fundación Litoral. "Alguien encontró una manera de que el museo compita con los centros de entretenimiento, una opción que entretiene y que sobre todo educa. Ese es el perfil que queremos destacar", dijo a propósito de la gestión de Fleming y del título de la conferencia.

A continuación, Fleming habló durante unos cuarenta minutos y después se prestó al diálogo con el público, que lo escuchó con mucho interés y que lo aplaudió en varios pasajes de su intervención. El historiador comenzó por abordar la cuestión de los museos democráticos en su país, desde una perspectiva histórica, que lo llevó a reseñar las conquistas y sobre todo las resistencias que generaron reclamos como el voto de las mujeres y la incorporación de las clases trabajadoras. "Los británicos no somos muy democráticos", ironizó, y luego sostuvo que "la naturaleza frágil de la democracia británica ha afectado a los museos" de ese país.

Fleming habló luego de su propia experiencia y de las expectativas con que empezó a trabajar a museos, a partir de 1981. Lo hizo en un tono inesperadamente confesional: "Desarrollé la idea de museos democráticos para ayudar a las nuevas configuraciones de la clase trabajadora. Fui muy iluso, comprendí que estaba delirando. Los museos estaban dominados por personas educadas a las que no les interesaba la educación de otras personas. Los museos británicos fueron fundados en el siglo XIX para darle ilustración a la clase industrial. Surgieron en una sociedad dominada por una elite educada en la que la mayoría de la población no tenía participación. La mayoría funcionaban como clubes privados, no para el beneficio de la población en general".

A continuación hizo una síntesis histórica de la evolución de la clase trabajadora en Inglaterra durante el siglo XX, con especial hincapié en el gobierno de Margaret Thatcher, "que profundizó la fisura social y la destrucción de los sindicatos". Señaló además que en su país hay más de cuatro millones de personas en situación de pobreza, "que no pueden pagar la entrada de un museo", y consideró que "los museos no respondieron a la elevación de las clases trabajadoras en el siglo XX", por lo que "traicionaron el concepto de museo democrático".

Fleming insistió en que "hubo una falla de los museos" y se pronunció por "un museo popular, que tenga un atractivo amplio, para grandes públicos". En su opinión, "la falta de interés del público se debe en realidad al desdén de una elite que no acepta que el mundo tenga otros gustos y que exige un silencio reverencial ante la cultura".

El historiador sostuvo que había que preguntarse quién dirige, qué contiene y de qué manera difunden sus reservorios las instituciones culturales y dijo que un museo democrático "atrae a un público heterogéneo, tiene diversidad en la programación y opera en diferentes niveles; es responsable socialmente, implica al público, lo hace participar; se basa en el diálogo; no le teme al debate, a la controversia de opiniones, sino que justamente la propicia; puede luchar por la justicia y los derechos humanos".

Además, Fleming puntualizó que un museo democrático "no está en contra de lo académico ni de los intelectuales: al contrario, exige que seamos académicos e intelectuales, que tengamos buenas colecciones y buenas investigaciones". Como ejemplo citó el Museo de las minas terrestres de Pnhom Pehm, Camboya. "Es un lugar que educa acerca de la guerra en ese país, como podría hacer cualquier otra institución de su clase, pero que además da alojamiento a los niños que fueron víctimas del conflicto y asiste a quienes sufrieron amputaciones (durante la guerra civil que sufrió el país, durante el régimen del Khmer rojo). Es un espacio de sanación para cuerpos, corazones y mentes", dijo.

"No hay reglas inviolables —planteó en el cierre de la conferencia—. Los museos pueden influir en la vida de la gente. Si no lo logramos, traicionamos a la sociedad". Luego, ante preguntas del público, dijo que "la magia de un museo es atraer a los adultos y a los niños con las mismas herramientas, lo que no significa que debamos llenarlos de computadoras o cubrir las paredes con textos que nadie va a leer".

"La palabra interactividad me interesa muy poco, no me dice nada —agregó, ante otra consulta—. Lo que estoy buscando es pasión y emoción". En ese sentido, después de recordar el ejemplo de Camboya —"el país más pobre que se puedan imaginar"— sostuvo que "no es cierto que por tener más tecnologías los museos van a ser más visitados" y volvió a uno de sus argumentos centrales: "No son necesarios grandes presupuestos para atraer al público sino ser sensatos y creativos. La pasión no cuesta".

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