El precio del desafío
En la Argentina el gobernante que desafía a las corporaciones ejerce el poder de manera traumática. Raúl Alfonsín fue sometido a una constante presión ejercida por el poder corporativo, que no veía con buenos ojos su política de derechos humanos...

Sábado 24 de Julio de 2010

En la Argentina el gobernante que desafía a las corporaciones ejerce el poder de manera traumática. Raúl Alfonsín fue sometido a una constante presión ejercida por el poder corporativo, que no veía con buenos ojos su política de derechos humanos, su política exterior alejada de Estados Unidos, su relación con la Iglesia y su política económica, fundamentalmente la de su primer año y medio de gobierno, cuando Bernardo Grinspun estaba a cargo de la cartera de Economía. Jamás serán olvidados los insultos que soportó en Palermo en 1988 a raíz del malhumor que provocó en el poder agropecuario su política hacia ese sector, al igual que su decisión de subirse a un púlpito para defenderse de los ataques de la Iglesia. El precio que pagó Alfonsín por desafiar a las corporaciones es por todos conocido: un impiadoso golpe de mercado lo eyectó del poder en julio de 1989. Cristina Kirchner es un caso muy similar al de Alfonsín en este aspecto. Su firme propósito de no dejarse avasallar por el poder corporativo ha provocado una reacción de la derecha que asombra por su virulencia y fanatismo. Los cortes de rutas durante 2008, los permanentes agravios a la investidura presidencial y la actitud destituyente de ciertos sectores concentrados del poder real en nuestro país, no le han dado respiro. Con Carlos Menem la actitud de las corporaciones fue diametralmente opuesta. Premió su servilismo con alabanzas cotidianas a su persona y su política de gobierno. Hechos dramáticos como las voladuras de la Embajada de Israel y la Amia, que hubieran obligado a cualquier presidente democrático a renunciar, no impidieron su reelección en 1995. La derecha continuó mimándolo y protegiéndolo como si nada hubiera pasado. Resguardar la ilusión de la convertibilidad justificaba semejante complicidad con un gobierno que no se cansó de flamear las banderas de la impunidad y la obscenidad. Idéntica postura está adoptando con Mauricio Macri, jefe de Gobierno porteño. Las acusaciones que pesan sobre él son gravísimas. Por algo similar debió renunicar Richard Nixon, el presidente del país más poderoso de la tierra. Causa vergüenza ajena la estrategia del poder mediático de presentar al atribulado candidato presidencial como la pobre víctima de un poder siniestro que, desde la Casa Rosada, no titubea en mancillar el buen nombre y honor de quienes osen hacerle sombra en la frenética carrera presidencial que se avecina. Así se maneja la derecha en nuestro país: a quienes la desafían no le perdonan nada mientras que a quienes le rinden pleitesía le perdonan todo, aunque sea la voladura de Río Tercero.

Hernán Andrés Kruse

hkruse@fibertel.com.ar