Martes 20 de Enero de 2009
Leyendo la carta de José Perisset, publicada el 15/01/09 en esta sección bajo el título "Homosexualidad polémica", me causó estupor la capacidad de este hombre para producir un texto tan carente de fundamentos sociohistóricos y de validez conceptual. En primer término, apela a la posibilidad de qué habría pasado si el padre del célebre Cristian Hernández Larguía se "hubiese apareado a un amigo íntimo", ejemplo extraído del peor gusto discursivo, fundado absolutamente en nada y elaborado sobre una hipótesis falsa. De allí a los villancicos en el Monumento a la Bandera, sólo Perisset puede lograr un nexo lógico con la homosexualidad y las ideas que viene desarrollando Hernández Larguía sobre el tema en esta sección de Cartas de los Lectores. En la segunda parte del texto, su autor se dedica a los juicios de valor respecto de la homosexualidad a la que llama "vicio, degradación de la institutución matrimonial y atentado contra la vida", entre otras cosas. Todo lo cual demuestra que Perisset desconoce los estudios de la Organización Mundial de la Salud, desconoce la última legislación sobre la unión de personas más allá del matrimonio y fundamentalmente desconoce que el verdadero atentado contra la vida son la guerra, el hambre, la injusticia, la explotación, la discriminación que se manifiestan lamentablemente en el mundo. Perisset manifiesta que se trata de mitigar el dolor (no especifica cuál) como precio para la redención, lo que cierra un discurso medioeval, de culpas y castigos por ser homosexual, reeditando el violento tenor de los discursos de Savonarola y del inquisidor Torquemada, ambos del siglo XV; es decir, de hace nada menos que más de 500 años.
El suicidio universal al que se refiere Perisset apelando a las manifestaciones de Benedicto XVI, no dependerá nunca de la homosexualidad, sino de los que, generando violencia, viven de la muerte de inocentes y no será un suicidio, sino el más horroroso de los crímenes. Además olvida que dentro de ese orden natural por el que él aboga, no tendría lugar el celibato de los sacerdotes católicos; como también pasa por alto a grandes como Leonardo Da Vinci, Oscar Wilde y tantos otros declaradamente homosexuales, que legaron al mundo y a la historia lo mejor de sí mismos, como única respuesta a una sociedad que en su momento los condenó y persiguió ferozmente.
Carlos Italiano
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