Jueves 21 de Noviembre de 2013
El Papa Francisco volvió a conmover ayer al mundo cuando, durante su recorrido por la plaza de San Pedro se detuvo para saludar a un hombre visiblemente desfigurado por un problema de salud. El pontífice detuvo su marcha, habló unos segundos con el hombre y luego se despidió con un fraternal abrazo.
Hace apenas dos semanas, Papa también tuvo un gesto similar hacia un hombre que padece neurofibromatosis, una enfermedad neuronal que produce tumores en la piel y deformidades en los huesos.
El hombre, Vinicio Riva, luego habló con los periodistas y dijo: "El Papa ni se detuvo a pensar si me abrazaba o no. Mi enfermedad no es contagiosa, pero él no lo sabía".
"Bajó del altar a saludar a los enfermos. Yo le besé la mano mientras que él con la otra me acariciaba la cabeza y las heridas. Después me abrazó con fuerza y me besó el rostro. Yo tenía la cabeza en su pecho, sus brazos me rodeaban. Me tenía muy pegado a él, mimándome, no se apartaba", recordó Riva en una entrevista con el Daily Mail.
"Era como estar en el paraíso", dijo Vinicio, de 53 años, quien vivió en el mediodía del miércoles 6 pasado la inolvidable experiencia junto a su tía Caterina.
"Pensé que (el Papa) no lo iba a soltar", señaló la mujer, quien vive preocupada por la enfermedad que padecen sus dos sobrinos y para la que no hay aún una cura.
También ayer, el Papa bromeó con los fieles argentinos presentes en la plaza de San Pedro que asistían a la tradicional audiencia general de los miércoles ya que ninguno de ellos había llevado mate. "¿El mate? ¿Dónde está hoy el mate?", preguntó de manera divertida a los peregrinos ya que, tanto en estas audiencias como en otros actos suelen llevarle la infusión y se la ofrecen durante el tradicional paseo antes de la audiencia. Ayer nadie había llevado un mate.
Advertencia a confesores. El cura confesor que "maltrata" a quienes le piden el sacramento del perdón debe abstenerse de confesar, advirtió ayer Francisco, quien también llamó a defender la familia rural.
Ante 35.000 personas reunidas en la plaza de San Pedro del Vaticano para la audiencia semanal del Santo Pontífice, Francisco pidió también rezar por las al menos 18 víctimas mortales de las inundaciones en la isla italiana de Cerdeña, para las que pidió guardar un momento de silencio.
El Papa volvió a tratar la cuestión de la misericordia, que está en el centro de todo su mensaje, e insistió mucho en que la confesión no debe ser vivida de una forma traumática.
"El servicio que el cura ofrece de parte de Dios en el sacramento de la confesión es un servicio muy delicado, que exige que su corazón esté en paz, que no maltrate a los fieles, sino que se muestre como un amigo fiel y misericordioso", explicó.
"Para el cura que no está en este estado de espíritu, es preferible que, hasta que se corrija, no administre este sacramento", dijo. "Los fieles penitentes tienen el derecho de encontrar en los curas a unos servidores del perdón de Dios", insistió.
La percepción generalizada de un cura que juzga con severidad, que no escucha y que infunde miedo, ha contribuido a alejar a muchos fieles de este sacramento de la Iglesia.
La dura vida de Vinicio con su enfermedad a cuestas
Vinicio Riva y su hermana, Morena (de 46 años, que padece neurofibromatosis en un estadio menos avanzado que él) heredaron la enfermedad de su madre, quien desarrolló los primeros síntomas luego de tener a sus hijos y murió de ese trastorno a los 81 años.
A los 15, Vinicio comenzó a mostrar los primeros signos de la enfermedad, por la que le dijeron que moriría a los 30 años.
Su vida está marcada por el dolor. Sus tumores no sólo son externos —también los tiene en los pies, por lo que le cuesta caminar—, sino que además crecieron en los órganos internos. Por eso debió someterse a varias operaciones para que le extirparan protuberancias del corazón, de los ojos, de la garganta, entre otras intervenciones que lo exponen a problemas respiratorios diarios. Vinicio, no obstante, sale con una sonrisa cuando va a ver partidos de fútbol, se junta con sus amigos o recorre su ciudad, Vicenza, en bicicleta. Sin poder conseguir trabajo, los hermanos Riva viven de una pensión de 500 euros que reciben por discapacidad y que redondean con los 150 euros que cada uno de ellos recibe por trabajar como voluntario en una residencia para ancianos, donde vive su padre.