Lunes 12 de Diciembre de 2011
Como siempre ocurre, la asunción de un nuevo gobierno genera expectativas en torno a la conformación del gabinete. El secretismo que rige el modo de gobernar de Cristina Kirchner pudo hacer alentar tales expectativas, ya que a muy pocos días de su asunción no había anunciado nada al respecto, lo que era en sí mismo una novedad, por lo menos en las últimas décadas. Pero no hubo grandes cambios. Y todos obligados. Alguno, como el del jefe de Gabinete, que fue electo senador, en verdad, no lo era tanto, ya que si la señora de Kirchner lo hubiera querido mantener en sus funciones Aníbal Fernández podría haber tomado licencia como legislador. Su lugar, en cambio, será ocupado por Juan Manuel Abal Medina. Los otros dos reemplazos sí revestían el carácter de forzosos. Uno el del ministro de Economía, ya que Amado Boudou será el vicepresidente. Su lugar lo ocupara Hernán Lorenzino, actual secretario de Finanzas. Por su lado, la cartera de Agricultura que deja el flamante presidente de la Cámara de Diputados, Julián Domínguez, estará a cargo del actual secretario de Pesca, Norberto Yauhar, que seguramente aplicará sus conocimientos ictiológicos para mejorar la productividad de nuestros campos. La idoneidad para el cargo, como prescribe la Constitución nacional, ha sufrido un nuevo desaire. Los Kirchner no se han caracterizado por introducir muchos cambios en el gabinete, pero de todas formas estas mutaciones no tienen mayor importancia porque, en rigor, antes Néstor Kirchner y, ahora, su mujer Cristina Fernández, han gobernado sin gabinete. Por supuesto, hay ministros, pero éstos carecen de la autoridad necesaria para ser entendidos como tales. Son, más bien, asesores de la presidenta No hay, por ejemplo, reuniones de gabinete. Hay ministros que el público desconoce, porque jamás aparecen. Otros no ejercen el máximo poder de su cartera o no abarcan toda la competencia que la ley de ministerios les asigna. El caso arquetípico es el del ministro de Economía. ¿Quién lo es en verdad hoy, Boudou o Moreno? En tiempos más felices para la República, Marcelo T. de Alvear se jactaba de ser el secretario de ocho presidentes: tal era la importancia que les concedía a sus ministros, todos hombres de gran valía, capaces de sostener sus opiniones ante el presidente sin ningún temor ni reserva. El personalismo exacerbado de los Kirchner jamás admitiría ese esquema. Sólo cuenta el jefe, ungido por la voluntad popular. Si el Congreso importa poco, ¿qué podría esperarse de funcionarios que están a tiro de decreto del presidente? También en este aspecto nuestra democracia es anémica.
Jorge R. Enríquez