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El museo pintado de negro cuervo

Debates. Un ex director del Castagnino aporta su mirada sobre la intervención a un edificio emblemático de la ciudad.

Viernes 05 de Septiembre de 2014

Fui director del Museo Castagnino en una era antediluviana, época en que los dinosaurios todavía vagaban sobre la superficie del planeta y que en ninguno de los anales que se escribieron a posteriori se puede rastrear. Pero si esos seis años que viví instalado en el edificio de Oroño y Pellegrini -los años inmediatos a la caída de la dictadura- no son un producto de mi imaginación descompaginada, dicha experiencia me habilitaría para opinar, con algún criterio, sobre la discutida intervención que acaba de sufrir el Museo, consistente en pintar todas sus paredes exteriores de color negro cuervo (Ya sé, señores profesores de Análisis del Color, que el negro "no es un color sino un valor", pero a un viejo ex director de museo se le pueden permitir ciertas licencias).

Mi opinión es que la lóbrega pintada -que se apoya en una alambicada y bizantina fundamentación teórica-, no hace sino coronar la larga serie de agresiones que ha venido padeciendo esta notable creación arquitectónica de Hilarión Hernández Larguía y Juan Manuel Newton a lo largo de décadas, y que la convierten, quizás, en el edificio histórico más estropeado, desfigurado y desnaturalizado de la ciudad.

El problema básico del Museo ha sido, es y seguirá siendo la falta de espacio, y para paliar este inconveniente no podían nunca bastar los "parches" a los que se echó mano, temprana y apresuradamente, como techar los patios originales, o clausurar salas de exposición para convertirlas en depósitos improvisados, recurso este último que alimentó el círculo vicioso de que las obras que no podían exhibirse por la falta de esas mismas salas que habían sufrido otro destino, incrementaban el caudal de piezas que luego se debían almacenar.

Tampoco las frívolas tácticas de maquillaje y de presunta modernización fueron afortunadas: el prestigioso estudio de arquitectura Hernández Larguía-Newton sin duda concibió el Museo como un todo armónico y unitario, y esa concepción integral incluía un entelado de lino que recubría las paredes de las dos plantas, entelado que durante mi gestión se pudo renovar merced a un importante subsidio aportado por la Secretaría de Cultura de la Nación. La supresión -aventurada- de ese tapizado de las paredes, y su reemplazo por muros revocados y pintados de blanco, no sólo no transformó a la institución, por arte de birlibirloque, en un museo-de-arte-contemporáneo, sino que destruyó irremediablemente la buena acústica con que contaban los conciertos que, desde siempre, tuvieron lugar en su sala central.

Otras fatales innovaciones obedecieron, a todas luces, a la intención de querer emular a los grandes museos del mundo pero, eso sí, tratando de invertir lo menos posible o nada: así surgieron una suerte de bar minúsculo en otra de las salas de exhibición -cada vez menos espacio para poder mostrar obra-, y una tienda donde vender "merchandising", que se obtuvo perforando un elegante boquete en una de las paredes laterales del hall de ingreso.

Todas estas vejaciones se podrían haber evitado, si en las casi ocho décadas de vida del Museo alguna gestión de gobierno se hubiese planteado encarar, con absoluta seriedad, el problema de su imprescindible ampliación.

La sólida masa edilicia del Museo no es un chicle que pueda ser inflado o desinflado a gusto y paladar de quien lo mastique, y mientras no se solucione de una vez por todas el tema de la tan cacareada y mil veces postergada ampliación, por más que se lo atormente, se lo mutile o se lo agravie de todas las maneras imaginables, tal como lo indica el sentido común, su disponibilidad espacial no se va a mover un ápice.

Todo lo demás es pura cháchara, abstrusos discursos estetizantes, necesidad de figuración y otras veleidades por el estilo, tan vacuas como descartables.

En cuanto a la negrura que hoy intenta borrar el Museo, mi reflexión es esta: entre la necia y castradora sacralización de cualquier objeto, venerado estúpidamente como una reliquia, y el deber cívico de preservar un espacio arquitectónico que ya es "por mérito propio" una obra de arte, hay un abismo.

El 19 de junio de 1968, en el transcurso de la Bienal de Venecia, la patria de Canaletto y de Guardi le permitió a Nicolás García Uriburu arrojar una pintura biológicamente inocua en las aguas del Gran Canal, que así se tiñeron de un verde fosforescente, color que, luego de cierto tiempo, naturalmente se dispersó. ¿Cómo hubiese reaccionado la ciudad de la laguna si la desaprensiva ocurrencia de García Uriburu -cargada de narcisismo-, hubiese sido pintar de verde loro la cúpula de Santa María della Salute, o de negro cuervo el campanile de San Marcos?

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