El increíble bosque petrificado de Chubut
Restos petrificados de miles de coníferas y palmeras que tuvieron hasta cien metros de altura hace 70 millones de años conforman el mayor bosque petrificado del mundo, en la estepa del sur de Chubut...

Domingo 09 de Enero de 2011

Restos petrificados de miles de coníferas y palmeras que tuvieron hasta cien metros de altura hace 70 millones de años conforman el mayor bosque petrificado del mundo, en la estepa del sur de Chubut, en jurisdicción de Sarmiento, una de las ciudades más antiguas de la Patagonia.
  Toda esa zona fue fondo marino, luego una selva con lagos y pantanos en un clima subtropical y, tras surgir la cordillera de los Andes, un desierto árido que acabó con esa frondosa vegetación, de la que sólo queda la madera convertida en piedra.
  En la soledad del desierto, a unos 150 kilómetros hacia el oeste de Comodoro Rivadavia, la ruta provincial 26 hace una curva cerrada tras la cual surge el verde valle del río Senguer, regado por canales de este curso de agua, donde dos grandes lagos (Colhué Huapi y Munster) flanquean Colonia Sarmiento, fundada en 1897.
  El bosque petrificado José Ormaechea aparece tras seguir unos 100 metros del acceso a la ciudad, girar a la izquierda (hacia el sur) y rodar otros 30 kilómetros por un camino de ripio.
  Al alejarse del valle, el verde desaparece y el terreno se torna rocoso, con tonos grises y amarillentos y una escasa vegetación de arbustos retorcidos y matas bajas, espinosas y polvorientas.
  El canto rodado dificulta el manejo en las curvas, donde el viento acumula sobre el suelo duro varios centímetros de piedras ovales y suaves que desestabilizan los vehículos.
  Pronto aparecen las típicas mesetas escalonadas y sierras aisladas de la Patagonia, precedidas por un conjunto de leves lomas de estratos rojizos y ocres, con finas franjas blancas, que contrastan con el cielo azul impecable del mediodía.
  Cada capa se formó en un período geológico de duración inconcebible para los tiempos humanos, por lo que se podría decir que desde esos estratos, unos cien millones de años contemplan al visitante.
  Al final del camino, aparece el valle que una vez albergó una fauna variada, según los muchos hallazgos paleontológicos de la zona, y la altísima selva con coníferas y palmeras.
  Al surgir la cordillera de los Andes en el paleozoico, los vientos del Pacífico perdieron su humedad y azotaron áridos y furiosos la región, lo que sumado a erupciones volcánicas acabó con ese vergel.
  En la entrada se debe estacionar y hacer la visita a pie con un guía por el circuito turístico de unos dos kilómetros, que sin prisa se puede completar en algo más de dos horas.
  El bosque petrificado no está conformado por un conjunto de árboles de piedra, como esculturas enhiestas; sólo quedan sus restos tras un proceso de fosilización.
  El circuito turístico tiene media docena de miradores, desde algunos de los cuales se ve en toda su amplitud el llamado Valle Lunar (uno de sus atractivos emblemáticos) y cuenta con unos carteles con referencias para autoguía, aunque la reserva es mucho más grande: unos 80 kilómetros de norte a sur por cuatro kilómetros de ancho.
  Millares de gruesos troncos, ramas, astillas, frutos y semillas de tonos marrones, rojos y amarillos, descansan junto al sendero o dispersos por el valle, salvo algunos que por su tamaño o forma fueron colocados en puntos claves para una mejor observación.
  El perfecto estado de conservación engaña la vista y parecen rollizos o leños cortados y secados recientemente, en algunos casos con su corteza y ramas diminutas, pero basta tocarlos para sentir la frialdad mineral o golpearlos suavemente con una astilla para oír el sonido seco y metálico del choque entre dos piedras.
  En algunos troncos cortados transversalmente se ven con claridad los anillos de su crecimiento, mientras en otros la erosión horadó ventanas de variado tamaño o huecos longitudinales como tubos.
  El polvo que el viento levanta de este desolado valle se expande imperceptible por la región y genera en Sarmiento unos hermosos crepúsculos rojo sangre, más bellos aún si se reflejan en sus lagos, donde bandadas de aves zancudas se elevan contra el sol en el momento exacto para la postal. l