El honor de ir al colegio
Usé todos los trucos a mano en los bellos tiempos de la niñez, para engañar a mi mamá y no ir al colegio. Desde el secante en las plantas de los pies que genera temperatura ingenuamente registrada por el termómetro o la piqueteada de la chupina...

Lunes 27 de Octubre de 2008

Usé todos los trucos a mano en los bellos tiempos de la niñez, para engañar a mi mamá y no ir al colegio. Desde el secante en las plantas de los pies que genera temperatura ingenuamente registrada por el termómetro o la piqueteada de la chupina _también rabona_ finalmente vindicada como vocablo de buen uso por la Academia de Letras en su Diccionario del Habla de los Argentinos en edición corregida y aumentada. Como van las cosas, seguirán aumentando porque el lenguaje paralelo crece en proporción directa al envilecimiento de las formas expresivas. Una conducta de deserción escolar absurda porque aquellas cálidas jornadas del Sarmiento (Buenos Aires, entre San Luis y Rioja), a metros del almacén La Buena Medida, tienen en mi memoria añejas emociones. Y ahora que un colegio me invita a conversar, se renuevan las sensaciones íntimas propias de los viejos. Aclaro que la vegetad me llega resistiendo el consejo de Cicerón: "si quieres ser viejo mucho tiempo, hazte viejo pronto". Tardé mucho y a veces, como en el solitario, hago trampas. Un intento vano. Todo es vencible en este mundo, menos el tiempo. Agradezco al Colegio de Abogados la bondad de invitarme a una charla agendada para el primer viernes de noviembre. Recordando mis épocas de titulero, la denomino ¡Queremos justicia! ¡Queremos justicia!, según el reclamo cotidiano que formulan miles de coreutas. Pedimos justicia a los gritos, un servicio más eficaz, rápido y oportuno porque sabemos que es el soporte de una sociedad armónica, aparte del coro, no hacemos gran cosa por la Justicia, para cuya plenitud jueces y abogados no dan abasto. Por eso, cada vez son más. Los envidio porque arrastro la frustración de no ser abogado, como intenté. En la casa de los letrados, cuya tribuna me facilitan, tendré dos satisfacciones el 7 de noviembre, a las 19: una la exposición y otra ser presentado por mi entrañable Pablo Cribioli. No puedo eludir la imagen que me atropella, la de aquel hábil declarante que sometido a un reportaje radial aclaró: "Mire, si me graban, me asusto; pero si no me graban, los asusto a ustedes".

Evaristo Monti