Domingo 25 de Marzo de 2012
El hombre que trabaja todos los días no es pobre según las estadísticas, tiene mujer, hijos ilusiones, esperanzas y alquila.
El hombre que trabaja todos los días es perseguido por la inflación que lo come de manera invisible. Nadie piensa en él, y dicen que gana mucho más que en la última crisis. El hombre que trabaja todos los días no tiene plan, ni tarjeta; tiene una libreta en la granja del barrio que honra mes a mes con su palabra y la paga con su esfuerzo de todos los días. Sus hijos van a la escuela y estudian hora tras horas para ganarle a la adversidad que casi siempre los condena y los margina. El hombre que trabaja todos los días sabe que su salario es siempre poco, que debe sumarle alguna changa, que su mujer lo acompaña, que ayuda, que está junto a sus hijos para que puedan ganar esta porfía. El hombre que trabaja todos los días tiene madrugadas y bicicleta, no conoce al puntero del barrio, no grita vivas, no va a los actos políticos, no se embandera ni sube a colectivos numerosos. Está demasiado ocupado en trabajar todas las horas y del reloj se olvida. El hombre que trabaja todos los días sabe que es el último en la fila, el que todo lo da, él esconde sus remiendos y tiene vergüenza de ser pobre, aún sabiendo que no es su culpa se incrimina. Enseña a sus hijos que deben esforzarse, que deben respetar y ser dignos y que todo se consigue con el trabajo, y que no hay sueños que no puedan realizarse, pero hay que sumar sacrificios todos los días. No hay chapas gratis, ni colchones, ni bolsones de comida, ni juguetes, sabe que las vacaciones y el descanso están en un diccionario extraviado de su biblioteca cotidiana y tardía. El hombre que trabaja todos los día es el que mueve engranajes, el que sueña despierto porque el descanso es caro y tiene por norte a su familia; en él nadie piensa, pero todos lo nombran. El hombre que trabaja todos los días no tiene crédito para su vivienda, es el que envejece prematuramente, al que acosan enfermedades y que el hospital con sus pocas respuestas le brinda lo que puede, y al que el abismo siempre le queda cerca aunque no lo diga. El hombre que trabaja todos los días es traicionado por todos los gobiernos, aún los que vota porque no es más que un punto diminuto en una multitud que ocupa esforzadamente todas las horas y del que siempre se olvidan. El hombre que trabaja todos los días es el que mueve montañas y que a pesar de todo no ha hecho tronar el escarmiento, todavía.
Miguel Amado Tomé
DNI 6.058.308