Lunes 03 de Enero de 2011
Entre usurpaciones, motivaciones múltiples, demanda social la realidad presenta déficit habitacional y errores de la administración estatal. Décadas de arrastre sin un programa de desarrollo empeoraron la situación de marginales, pero a la clase media trabajadora la convirtieron en chivo expiatorio del descontrol. Le tocó batallar duro para mantener su posición social y proteger sus legítimos ahorros. Por tratarse de pequeñas sumas las opciones eran mínimas. Frente a la oferta bancaria del plazo fijo surgió la del negocio inmobiliario, un adelanto y cuotas mensuales, ponían a su alcance la vivienda para uso o inversión. La inexistencia de una financiación acorde a sus posibilidades hizo que viera con buenos ojos la aparición de nuevas "experiencias" en la construcción: desgravación impositiva, consorcio y fideicomiso. No obstante el parecido con las anteriores, esta última administración basada en la "fidelidad", cautivó. Transferir bienes por mandato de confianza a una sociedad fiduciaria para que administre, gestione, satisfaga las necesidades del "cliente" cumpliendo con la finalidad señalada significaba liberarse de preocupaciones que pesaban en la carrera cotidiana. Como todo comienzo resultó, el entusiasmo tapó las "imprecisiones" de la ley, vínculos de amistad unieron a fiduciantes y fiduciarios, los contratos se respetaron, muchos se beneficiaron. Hasta que la crisis económica de principios de este siglo aceleró la decantación, afloraron las falencias del contrato, desaparecieron fidelidad y confianza, las rispideces devinieron en enfrentamientos, nuevamente se perdió el partido. Muchos "administradores" hicieron uso y abuso de funciones, convertidos en inversores aplicaron los ahorros ajenos en megaproyectos inmobiliarios promocionados con costosas publicidades sin finalizar la gestión encomendada. Semejantes despliegues no fueron advertidos por autoridad competente alguna como tampoco oídos los reclamos de quienes siendo parte de un negocio legal quedaron atrapados otra vez en el corralito: sin ahorros, transferida o retenida la titularidad, sin beneficios acordados. Obrar de buena fe, sentimiento del pasado; vivir dignamente y programar el futuro en "tierra de nadie", una utopía.
Ada Pesenti Buccella LC. 5.988.185