Sábado 12 de Junio de 2010
Toda persona inteligente cuando va a dialogar sobre algo lo primero que pregunta es, ¿cuál es el fin? Y el fin del matrimonio es, en primer lugar, la procreación y educación de la prole. Y en segundo lugar, la ayuda mutua que se prestan un varón y una mujer, en la complementariedad de los sexos, física, psicológica y espiritual, constituyendo una comunidad de vida y amor. También es inteligente indagar cuál es la esencia de aquello de que se habla. Y el matrimonio es esa realidad, social y jurídica, que surge del consentimiento de las voluntades de un varón y una mujer, que se otorgan el derecho, mutuo, perpetuo y exclusivo, sobre el cuerpo, para los actos que de suyo son aptos para la procreación. Cuando todo ello se da, tenemos matrimonio. Cuando ello no puede darse —y a lo imposible de cumplir nadie se puede obligar—, tenemos otra cosa, no un matrimonio. Esto tiene lugar antes que a esa "otra cosa" —que no es matrimonio— se le otorgue una u otra calificación moral; una u otra calificación jurídica. Esto es así, si nos ponemos a mirar las cosas en su realidad objetiva. Si desconocemos lo que las cosas son y desplazamos nuestro pensamiento al movedizo terreno del puro subjetivismo, entiendo que entramos en la torre de Babel, en la confusión de las lenguas.
José Bonet Alcón
jbonet@acs.org.ar
(Vicente López)