Sábado 16 de Febrero de 2013
El 30 de junio de 1908, en proximidades del río Podkamennaya en Tunguska (Siberia, Rusia), un bólido de unos 80 metros de diámetro detonó en el aire. La explosión fue detectada por numerosas estaciones sismográficas y hasta por una estación barográfica en el Reino Unido por las fluctuaciones en la presión atmosférica que produjo.
El meteoro incendió y derribó árboles en un área de 2.150 kilómetros cuadrados, rompiendo ventanas y haciendo caer a la gente al suelo a 400 kilómetros de distancia. Durante varios días, las noches eran tan brillantes en partes de Rusia y Europa que se podía leer tras la puesta de sol sin necesidad de luz artificial. En los Estados Unidos, los observatorios del Monte Wilson y el Astrofísico del Smithsonian observaron una reducción en la transparencia atmosférica de varios meses de duración, en lo que se considera el primer indicio de este tipo asociado a explosiones de alta potencia.
Según testimonios de la población tungus —la etnia local nómada de origen mongol— que lo vio caer, “brillaba como el Sol”. En el distrito de Kansk (a 600 kilómetros del impacto), se aseguró que algunos caballos fueron derribados por la onda de choque, mientras las casas temblaban y los objetos de loza se rompían. El maquinista del ferrocarril Transiberiano notó que vibraban tanto los vagones como las vías.