Edición Impresa

El ex Sumo, Germán Daffunchio, asegura que "el cambio real empieza por uno mismo"

El líder y cantante de Las Pelotas explicó por qué su último disco, “Cerca de las nubes”, está marcado por canciones introspectivas. Hoy se presentan en Club Brown.     

Sábado 13 de Abril de 2013

Germán Daffunchio empieza a hablar en un tono bajo, casi meditativo, muy en sintonía con el último disco de Las Pelotas, “Cerca de las nubes”, un álbum con un fuerte costado introspectivo. Sin embargo, a medida que avanzan las preguntas, el ex Sumo dirá con la misma serenidad que “el mundo colapsó”, que “todo es compra y venta” y que “está bueno no enterarse de nada”. Es decir, un Daffunchio auténtico, con el comentario corrosivo siempre a mano.

   Las Pelotas ha llegado a los 25 años de carrera después de pilotear no pocas tormentas. El grupo que se completa con Gabriela Martínez (bajo y coros), Tomás Sussmann (guitarra), Gustavo Jové (batería), Sebastián Schachtel (teclados) y Alejandro Gómez (vientos y percusión) se presentará hoy, a las 21, en Club Brown, Avenida Francia 30 bis, para mostrar las canciones de “Cerca de las nubes”, un disco en el que buscan reinventarse con una mirada más serena y profunda. En charla con Escenario, Daffunchio afirmó que “el cambio real empieza por uno” y dijo que la banda nunca tuvo que “chuparle las medias a nadie”.

   —”Cerca de las nubes” tiene una estructura extraña, porque arranca con temas que son todo melodía y texturas, y en la segunda mitad aparecen canciones más rockeras. ¿El disco fue pensado de esa manera?

   —Sí. Lo que llama la atención es cómo empieza el disco, porque lo estipulado es que vos tenés que poner los temas fuertes al principio como para impresionar. Nosotros ensayamos muchos órdenes distintos, pero conceptualmente el orden era ése. Creo que la clave es reinventarse. Es lo que hacemos con cada disco.

   —Casi todas las letras del álbum son intimistas. Y vos afirmaste en una entrevista que “decir que el mundo está mal ya fue”. ¿A qué se debe ese cambio?

   —Bueno, eso de que “ya fue” no es tan así. Nosotros toda nuestra vida nos la pasamos tirando fruta, y en este disco también lo hacemos. Pero la búsqueda en este álbum es un poco más para adentro. En lugar de estar mirando lo mal que está todo afuera, tratamos de ver lo que está bien dentro de uno. Pero es una cuestión artística, una elección. Que el mundo colapsó no hay ninguna duda. Están quienes lo ven y quienes no lo quieren ver. Y no es una historia de ser o no ser pesimista. El que no quiere ver que las cosas están muy mal está ciego. Nuestros discos representan los estados de ánimo y las vivencias que tenemos en el momento en que los grabamos. Este disco se fue acomodando solo, no nos propusimos hacer un disco introspectivo. Yo tengo una tendencia a ser un crítico despiadado con ciertas cuestiones sociales, me afecta mucho lo que pasa afuera. Pero este disco está hecho desde adentro con el pensamiento de que el cambio real empieza por uno.

   —¿Este planteo tiene que ver con el paso del tiempo? ¿Con haber pasado los 50 años?

   —La edad es una cuestión del cuerpo. Uno puede tener 50 años y estar hecho mierda. O podés tener 50 años y tener ganas de vivir. Yo pertenezco más a la segunda opción. Lo bueno es sentir que detrás tuyo hay muchas generaciones que necesitan otro tipo de alternativas a lo que te propone la media, desde qué música hay que escuchar hasta qué cosas hay que decir. Pero esto no lo digo a los 50, esto me pasó a través de mi vida. Para mí eso de sentar cabeza es imposible. Las cosas que siento ahora son las mismas que sentía a los 18 años. Por supuesto que he aprendido. Pero en el fondo uno es siempre la misma persona.

   —Ustedes tienen 25 años de carrera y han pasado por momentos difíciles. ¿Alguna vez se plantearon no seguir?

   —No. Encarar cualquier proyecto acá en la Argentina es difícil, y ni hablar de hacer música. Los comienzos son tremendos. Yo pasé todas las materias que había para cursar (risas). A veces, ante tanto esfuerzo y tan poco resultado, te da ganas de mandar todo al cuerno. En las épocas under tocábamos a las cuatro de la mañana y llegábamos al lugar a las diez de la noche. Eran ocho horas en los camarines. Pero uno sigue por la pasión que siente por esto.

   —Las Pelotas siempre mantuvo una impronta de banda independiente. Pero al mismo tiempo están asociados a Pop Art, que es una especie de imperio. ¿Cómo conviven estos mundos aparentemente distintos?

   —La independencia fundamental es la independencia artística, y nosotros la tenemos. Podemos hacer lo que queremos. Después está la independencia obligada, cuando no tenés una compañía de discos que te apoya. Entonces estás obligado a hacer vos todo ese trabajo, que por cierto no es el trabajo del músico. La independencia de la que se habla ahora es una cosa obligada, no es una lucha contra el sistema. No es que te vas a poner el sello independiente para luchar contra el sistema, lo hacés porque no tenés una compañía atrás que te apoye. Y las dificultades que genera no tener una compañía son tremendas. Hoy en día no hay ningún medio que te pase la música de onda. Todo es compra y venta. Nosotros, para grabar nuestros primeros discos, tuvimos que pedir plata prestada. Siempre nos tuvimos que romper el culo para juntar guita para todo. Pero la independencia artística la mantuvimos. Con Pop Art no tenemos ningún problema de laburo. Respetan completamente lo que hacemos. Si vos querés llegar a mucha gente necesitás una estructura grande que te banque. Y nosotros nunca quisimos tocar para una elite. Tratamos de llegar a la mayor cantidad de gente posible siendo independientes.

   —¿Cómo ves el panorama actual del rock argentino? ¿Te interesa descubrir bandas nuevas?

   —Yo le tengo mucha fe a las generaciones que vienen, hay mucha más cultura musical. Uno siempre espera que los espacios culturales se abran en Argentina, que haya más lugares para tocar. Si ciertas marcas no impulsaran los festivales la verdad es que ni existirían. Y es la única oportunidad que tienen los pibes que están todo el año ensayando para tocar en algún lugar.

   —Pero tocan a las tres de la tarde y sólo 20 minutos...

   —Sí. Pero los que hemos pasado la historia de tocar 20 minutos a las tres de la tarde sabemos que la experiencia como banda siempre vale. Hay un gran abismo entre lo utópico de la creencia de uno sobre la mística del rock y la realidad con la que uno se enfrenta. A mí me llegan miles de CDs, y creo que hay algunas bandas buenas, aunque todavía falta un poco. Pero lo importante es que se les dé el espacio. Después de Cromañón quedó esa marca de lo malo del rock. Si hay un recital en determinado pueblo, los de la municipalidad rompen las bolas más que nunca cuando se trata de rock. Si es tropical o cumbia no, no hacen ningún problema. Directamente van a tomar cerveza y se quedan en la barra (risas).

   —En los últimos meses se habló mucho del vínculo de algunos músicos de rock con el gobierno. ¿Vos tenés una posición al respecto?

   —Mirá, si a mí me llama el gobierno de la Ciudad (de Buenos Aires) para tocar en algún lugar, y me paga lo que le pido, yo voy y toco. Ahora, si me piden que me ponga una remera de su gobierno y diga qué grandes que son, ahí me planto. Después están esos músicos que para tocar cobran millones. Y los que se visten de un partido político. A mí eso no me interesa, no lo voy a hacer nunca. Algunos están aprovechando una oportunidad única, porque solamente pueden conseguir trabajo chupándole las medias al gobierno de turno. En realidad es un karma de cada banda. Pero entiendo que la necesidad de trabajar a veces hace que los artistas o los periodistas se pongan extremadamente ciegos y chupamedias. Nosotros nunca le hemos chupado las medias a nadie. En ese sentido estamos muy tranquilos.

   —Pasás gran parte del año en Traslasierra, en Córdoba, en un lugar alejado. No estás en Twitter ni en Facebook. ¿Sos una persona que necesita tomar distancia?

   —Tomar distancia te ayuda a no enterarte de nada, y eso está bueno, sobre todo cuando te das cuenta que la información es solamente para quemar días y horas de la atención de la gente. Me gusta alejarme de la locura de la ciudad, por eso me voy a las montañas, porque ahí la paz es total. No tengo ni Twitter ni Facebook porque no me interesa en lo más mínimo. Hay una creencia de que todo progreso significa algo bueno, y yo no lo discuto, pero detrás están las compañías que te venden ese progreso. Twitter y Facebook sólo sirven para buscar protagonismo, te dan la oportunidad de ser una especie de estrella, y a mí la verdad me alcanza con la vida que tengo.

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario

LAS MAS LEÍDAS