El enlace real, una demostración de que la milenaria monarquía vive
La casa real británica lleva siendo, generación tras generación, líder en la puesta en escena, y la boda del príncipe William con la ahora princesa Kate no ha sido una excepción...

Sábado 30 de Abril de 2011

Londres. — La casa real británica lleva siendo, generación tras generación, líder en la puesta en escena, y la boda del príncipe William con la ahora princesa Kate no ha sido una excepción. Cerca de un millón de personas llenaron las calles de Londres, mientras millones de telespectadores en todo el mundo contemplaban el enlace entre la plebeya, hija de un millonario, y el príncipe y futuro heredero.

Pronto, los observadores estuvieron de acuerdo en que los británicos dieron un espectacular ejemplo de lo que constituye su casi milenaria monarquía. La corona hizo gala de pompa y simbolismo, pero dentro de las posibilidades de la era de Internet y los «ciberídolos». La ceremonia, ensayada una y otra vez, transcurrió con puntualidad británica y fue toda una demostración de que “la vieja monarquía vive”.

Sus compatriotas esperan que William y Kate, tan tímidos en su beso del balcón, traigan renovación y modernidad, aunque el príncipe ni siquiera es aún el heredero. Buscan huir del vulgar estilo de affaires y escándalos de la generación del príncipe Carlos. Y la voluntad popular coincide de pleno con el objetivo de la casa real: adaptarse lo menos posible y todo lo necesario para sobrevivir.

La jefa. Ese es el reto de los monarcas británicos desde que perdieron el poder político. Un principio que encarna a la perfección la reina Isabel II, cabeza de la familia Windsor.

Además, William y Kate tendrán que escribir un nuevo capítulo en cuanto a la cercanía con el pueblo: Deben unir la tradición con el espíritu de los tiempos. Ambos recorrieron el camino de la abadía al palacio de Buckingham a bordo de una carroza de 1902, la misma que en 1947 llevó a la reina al altar. Y por la tarde el príncipe se puso al volante de un chic Aston Martin cabriolet para llevar a su esposa a la residencia de su padre. “Just wed” (recién casados), se leía en la matrícula del deportivo, adornado con globos de colores. Como cualquier pareja el día de su boda.

Trompetas, himnos, inglés antiguo y un brioso saludo militar marcaron la ceremonia religiosa. El príncipe soporta y disfruta del bombo en la medida en que no se lo toma en serio. La oración de su enlace la escribió él mismo, junto a su entonces prometida, toda una señal de modernidad. Y por la noche, cuando ya no esté presente la reina, bailarán junto al resto de los invitados música disco. Kate y William voltean crepes en la sartén y bautizan botes con champán, para alegría de sus compatriotas. El príncipe también sabe pronunciar frases inteligentes sobre el hambre en el mundo y consolar a las víctimas del terremoto en Nueva Zelanda sin caer en el patetismo.

Pero el día de su boda, a William se le veía tan auténtico en su traje escarlata de coronel de la Guardia Irlandesa como días antes vestido con camiseta de fútbol. Y Kate puede ponerse un sombrero cowboy y jeans para montar en bicicleta, pero estaba aún más guapa en el hermoso vestido de novia que diseñó para ella Sarah Burton.

Doble línea. Hace tiempo que la pareja marcó esta doble línea. La vieja guardia del palacio les desea mucha suerte, pero no les auguran tantas posibilidades. “No saben lo que les espera”, señalan cuando los ahora recién casados hablaban de pasar unos años tranquilos en su casa de campo en Gales.

La propia reina dejó claro de nuevo quién es la verdadera jefa de la casa real: A Kate Middleton le hubiera gustado convertirse oficialmente en princesa Catalina, o al menos eso se dice. Pero aunque los medios la llamen así, las tradiciones y leyes del palacio de Buckingham marcan lo contrario. Así, antes del enlace, la reina Isabel concedió a su nieto —contra la voluntad de éste— el título de duque de Cambrige. Y con ello, su esposa es duquesa. Isabel II habría podido hacer las cosas de otra manera, pero eligió la variante conservadora.