El dolor de vivir fuera
Soy uno de los tantos miles de argentinos que quedamos afuera a 30 años de acabada la dictadura militar. Estamos anclados en un país extraño, casi sin posibilidades de volver dada nuestra edad. El exilio en cualquiera de sus formas es una forma de castigo.

Domingo 19 de Diciembre de 2010

Soy uno de los tantos miles de argentinos que quedamos afuera a 30 años de acabada la dictadura militar. Estamos anclados en un país extraño, casi sin posibilidades de volver dada nuestra edad. El exilio en cualquiera de sus formas es una forma de castigo. Cuentan que en la antigüedad se les ofrecía a los condenados la posibilidad de la cárcel o el exilio, muchos preferían la cárcel. Yo creo hoy en día que si hubiera podido optar hubiera escogido esta última; pero desgraciadamente mis opciones eran otras: el exilio o la muerte. La vida lejos de la patria es más dura de lo que muchos de los lectores puedan imaginar; sin familia, sin el barrio, sin los símbolos de identidad, sin cariño y, sobre todo, sin una causa por qué luchar. Una de las cosas que caracterizó mi estancia en España fue el racismo que sufrimos los argentinos como muchos de los ciudadanos de otras nacionalidades o razas dentro de la misma España, como la etnia gitana. Así a los árabes se los llama "moros", a los sudamericanos "sudacas", a los asiáticas "chinos" y en general se usa el termino "gentuza". Los que tenemos convicciones y formación suficientes no nos hemos sentido tan mal pero otros pobres han sufrido mucho por esto. Les comento todo esto a raíz de los hechos de Villa Soldati donde ciudadanos de otras nacionalidades fueron asesinados o heridos acusándolos de ser extranjeros. Les prometo que sentí tanta vergüenza al oír eso de mi país que no salía de mi asombro. Recuerdo en mi niñez en Rosario que teníamos un vecino italiano que repartía garrafas, y los niños nos reíamos de él. Cuando mi madre (que Dios la tenga en su gloria) se enteró de esto me regañó diciéndome que ese hombre trabajaba para hacer grande este país y, por tanto, digno de todo nuestro respeto al igual de cualquier argentino y, que jamás volviera a hacerlo ni con un extranjero ni con nadie. Qué bajo que han caído muchos en nuestro país en el que todos (o casi todos) somos descendientes de extranjeros. El nazismo (o racismo o xenofobia, no sé qué adjetivo se acerca más) es eso: creernos que somos superiores por nuestro color, raza, lugar de nacimiento o religión. Cuánta ignorancia, Dios mío. Los hijos de europeos superiores a los hijos de americanos. Vuelvo a decir me da vergüenza. Cuánto daño han hecho tantos años de incultura, de abandono, de falta de conocimiento de los valores de los que hicieron la Constitución argentina, esos, que en su preámbulo pusieron: "para nosotros, para nuestra posteridad y para todo habitante del mundo que, invocando la protección de Dios quiera habitar suelo argentino, promulgamos esta Constitución para la Nación argentina". Quiera Dios que cosas como estas jamás vuelvan a repetirse en mi país.

Edgardo Dreon Melián