Miércoles 16 de Noviembre de 2011
El gran enemigo de Dios y por ende, de todo el género humano, desde el comienzo de los tiempos, sutilmente dispara saetas mortales sembrando destrucción, injusticia, muerte y toda clase de calamidades. Como declaran las Sagradas Escrituras, él es el "Padre de la mentira", el "gran engañador" el que "se disfraza de ángel de luz", y ha venido para "hurtar, matar y destruir". Su blanco principal ha sido siempre la familia, célula primigenia de toda sociedad, a la cual, con la legalización del matrimonio homosexual y otras yerbas, ha logrado desnaturalizar. Ahora viene por más, al pretender la legalización del asesinato de niños inocentes que aún moran en el vientre materno. Frente a un país que se autodenomina cristiano, planteo lo siguiente: si se trata de evitar los embarazos no deseados y las consecuencias de los abortos clandestinos o ilegales como entre otras cosas se argumenta, es lógico preguntar si más bien no deben evitarse las causas que ponen frente a esa situación. Todo programa de educación sexual se centra sólo en la "información", dejando totalmente de lado la "formación". Creo que allí está lo importante y primordial, es decir en la formación que inculque en nuestros hijos desde pequeños valores éticos y espirituales que los equipen entre otras cosas con una concepción más elevada e integral del sexo y de su propio cuerpo. Que puedan vivenciar al mismo como portador del ser esencial y no como un mero objeto para la expresión y satisfacción de instintos que afloran camuflados bajo el nombre del más puro de los sentimientos cual es el amor, con el cual poco o nada tienen que ver. Como sociedad, repito, que se autodefine como cristiana, creo que debemos replantearnos estos conceptos rechazando toda ley humana que se oponga a las leyes divinas absolutas y eternas. Es hora de una profunda reflexión que nos lleve a priorizar y a defender el derecho a la vida sobre todas las cosas, oponiéndonos al asesinato de inocentes por nacer.
Raquel Pierri
raquelpierri@hotmail.com