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El desahogo y la felicidad

Los hinchas canallas salieron a las calles incluso antes de que finalizara el partido para celebrar la vuelta a primera. Identificados con los colores auriazules armaron una fiesta en distintos rincones de la ciudad.

Lunes 20 de Mayo de 2013

El hincha canalla esperaba que de una vez por todas se consumara el ascenso, y al fin se dio. Allá lejos, en Jujuy. Y cuando aún transcurrían los últimos minutos, los más enfervorizados no aguantaron y salieron a la calle. Necesitaban exteriorizar esa sensación de alivio, pero en especial de alegría, por el retorno a primera. Cada rincón de la ciudad se tiñó de azul y amarillo, con sectores neurálgicos más convocantes. El Monumento fue el epicentro, pero también se convocaron afuera del Gigante, cuyas puertas permanecieron cerradas, y en las avenidas Alberdi y Pellegrini.

Con esa capacidad envidiable de transformar en carnaval un resultado auspicioso, cada hincha emergió de su hogar para iniciar una procesión con rumbos diferentes. La condición, no escrita, era llevar algo que los identificara con esos colores que los movilizan. Autos embanderados, colectivos con gente asomando por las ventanillas, gritos típicos de cancha y un sonido de fondo que nunca cesó: el del bocinazo de los coches.

Para algunos fue obligación pasar por el Gigante y detenerse en la esquina de Avellaneda y Génova. Arroyito era una fiesta y avenida Alberdi se convirtió en una marea de vehículos. Hubo otros que enfilaron hacia avenida Pellegrini, aunque con buen tino casi nadie lo hizo por cercanías del Coloso, custodiado por efectivos de la policía.

Cada uno transitaba en lo que tenía, o podía, como ese carro en los que hasta el caballo se encontraba ataviado con una bandera auriazul. El embudo de tal manifestación centralista desembocaba en el Monumento. No fue extraño entonces que la circulación por la peatonal Córdoba fuera diferente a otras noches de domingo, con excepción del tramo entre Laprida y Maipú, vedado al público por seguridad.

En el Monumento, sitio obligado de cada movilización multitudinaria, se juntaron para armar una fiesta, mirando y cantando con el de al lado como si lo conociese de toda la vida, hermanados por un sentimiento común, aunque se tratase de un desconocido.

El motivo para semejante euforia tenía justificativo, y valía la pena prolongar la noche más de lo acostumbrado, aunque hoy cueste levantarse.

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