Martes 02 de Junio de 2015
Recurro a este medio para compartir una experiencia desagradable y de este modo advertir a los buscadores de "residencias para adultos mayores". Desde el 1º de febrero hasta el 5 de marzo de este año, mi padre estuvo internado producto de una insuficiencia respiratoria. Su vida cambió en forma rotunda. De ser autosuficiente pasó a depender del oxígeno que le proporciona un aparato, y de allí en más a sufrir todas las limitaciones que esa situación genera. Ya no podía subir más las escaleras de la casa que habitaba. Había que buscar un lugar digno donde lo cuidaran y su familia pudiera asistir diariamente sin limitación horaria. Creímos haberlo encontrado. El que está ubicado en Tucumán 3950 de esta ciudad parecía reunir estos requisitos. Pero aquella creencia se fue desvaneciendo como pompas de jabón. El primer día, mi padre desayunó mate cocido y dos rodajas de pan, que lejos estaba de ser un nutritivo comienzo de jornada para una persona de 82 años recientemente externada. El segundo, no había termómetro para medir la temperatura; el tercero, no había agua en toda la institución, y así se sucedió una serie de hechos desafortunados en el escaso lapso que permaneció ingresado, apenas cinco días y unas horas. El 11 de marzo a la madrugada pulsó el llamador una y otra vez, y nadie acudió. Sufrió una hemorragia, estaba agitado, le faltaba el aire a pesar de su conexión. Finalmente hizo lo que no quería, lo que no debía hacer, llamó desde su celular a su hijo y fue él quien de inmediato se comunicó con el servicio de emergencia que momentos después lo trasladó a la Unidad Coronaria del Sanatorio Británico donde permaneció dos semanas en grave estado. Podría haberse evitado, "si se demoraban podría haber sido peor", dijeron los médicos. Ante semejante negligencia, la explicación que nos dio su titular, Gabriela Farruggia, fue que mi padre era "una persona complicada". Cuando fuimos a entrevistarnos con ella y a conocer el lugar fuimos claros, le dijimos que tenía una patología severa y que debía estar las 24 horas recibiendo oxígeno. Ella no dudó en aceptarlo. Le pregunté a un auditor médico de una obra social por qué pudiendo dedicarse a otra actividad más simple, hay gente que elige hacer algo para lo cual no está preparada o carece de interés, ocasionando graves daños en la salud de las personas. Me contestó: "Señora, da mucha plata tener un geriátrico. Mezquinan la comida, tienen menos personal del que corresponde, con suerte una enfermera y mucamas en negro". Tal cual. No podría haberlo descripto mejor. Capítulo aparte merecería el relato de las dilaciones, justificaciones y hasta maldiciones que tuvimos que soportar para que nos devolvieran el dinero pagado y no "gozado". Mostró más aún su falta de humanidad al negarle la entrega del tanque de oxígeno a la empresa proveedora cuando fue a buscarlo para poder entregárselo a mi padre. Vergonzoso. ¿Qué diría Farruggia si le ocurriera lo mismo? Vergüenza debería darle garantizar cuidado y bienestar a los adultos mayores desde la página web de su negocio. El Estado y las obras sociales no pueden ser ajenos, deben custodiar un bien tan preciado, aunque devaluado, como la vida. ¿Pero por qué siempre hace falta un Estado pastor que controle a su rebaño? Mi más sincero agradecimiento a aquellos que me dijeron que no podían recibir a una persona con Epoc (enfermedad pulmonar obstructiva crónica) por su honestidad y responsabilidad. Mi más sincero repudio a quienes tienen como único objetivo el lucro en desmedro de la integridad física y psíquica de las personas que dicen cuidar con "alto sentido humano y profesional".
Marcela Díaz