Martes 09 de Octubre de 2012
En este mundo globalizado todo está relacionado con todo, algunas dictaduras o democracias que pretendieron jugar alternancias coqueteando con las distintas superpotencias en disputa, terminaron siendo irremediablemente víctimas de alguna de ellas. En estos días algunos sectores del pueblo argentino (en especial sectores medios) salieron a la calle a expresar su preocupación y bronca por la política llevada adelante por el gobierno nacional. El mismo gobierno es culpable de estas reacciones, en parte porque armó y desarrolla un discurso único con el objeto de hegemonizar una política de pseudoizquierda presuntamente independiente, mientras profundiza su vinculación con esas superpotencias en especial con China. Las otras superpotencias (en especial Estados Unidos) ante el temor de perder su patio trasero, maniobran para seguir hegemonizando la dependencia argentina. Así, el gobierno con el doble discurso de tratar de hacer pagar la crisis a los sectores más vulnerables de la sociedad (clase obrera y media y productores medios y pequeños del campo) va creando las condiciones que lo llevan irremediablemente a su propia destrucción. En tanto, la oposición sin líderes ni rumbo, no puede encontrar salidas ni arraigarse en la población puesto que su incapacidad le impide elaborar o promover una política revolucionaria que plantee verdaderas opciones populares de soberanía e independencia para superar la situación que se vive. No seamos tontos, si bien el pueblo que salió a la calle tiene sus razones, hay países como Libia, Egipto o Siria que se montan en dicha protesta (a través de algunas ONGs y grupos al servicio de los mismos) y van preparando el escenario tratando de desestabilizar, puesto que no se permiten dejar a la Argentina a meced de la nueva superpotencia de turno. Por lo tanto, si no se cambia la política y/o modelo del doble discurso (liberal en lo económico y presuntamente democrático en lo político) y se favorece realmente los intereses de la ciudadanía argentina, estamos en el horno.
Amilcar Monti