Viernes 11 de Marzo de 2011
Días atrás leía con asombro que un lector, el señor Bisiach, había viajado a la isla de Cuba, casi a los mismos lugares en que yo lo había hecho en 2010. Y expresaba todo el desagrado que podía manifestar una persona hacia un lugar, sus habitantes o su cultura. En principio, como no me gusta juzgar a la gente, entendí que quizás había experimentado su viaje en un mal momento de su vida y el sinsabor había teñido su capacidad de observación. Después, pensé que tal vez sus pensamientos políticos habían actuado como prisma a través del cual sólo pudo ver una parte de la realidad de ese hermoso país. Más tarde y a medida que me impactaba más el alejamiento de su visión con la vivencia que yo había disfrutado con una pequeña diferencia de tiempo, comenzaban a hacerme "ruido" otros factores. Tuve ganas de escribir contando el placer que me había deparado hablar con un vendedor ambulante sobre Nietzsche, Kafka y Hegel mientras me ofrecía sus obras de arte a un precio baratísimo, el deleite que significaba fumar un Cohiba verdadero ante un mar azul o verde saboreando un mojito o admirar las obras arquitectónicas o pisar la arena blanca de un cayo, pero me contuve. Ayer abrí nuestro famoso decano y leí la nota del señor Caputo que parecía calcada a lo que quería contar en esa oportunidad, e irrumpió sobre mí un cuento que quiero compartir con ustedes. En la edad Media, en una comarca lejana, había un anciano asceta que vivía en las puertas de una ciudad. Se había hecho sabio con el sólo arte de observar y escuchar. Un día, un viajero que estaba llegando desde otra comarca le preguntó: "Anciano: ¿cómo es esta ciudad?". "¿Cómo es la tuya?", replicó el viejo. "La ciudad de donde vengo es un desastre. La gente es malhumorada, mal educada, ignorante y pobre. Sus calles lucen abandonadas. La gente vive mal, está triste. Esa ciudad no tiene futuro. Por eso me fui de allí", respondió el viajero. "Esta ciudad es igual a la tuya. Yo no viviría aquí dentro. Por eso estoy en las afueras", contó el anciano. El joven siguió de largo en su viaje agradeciéndole el consejo. A los pocos días arribó otro joven, quien lo saludó extrovertidamente y le hizo la misma pregunta que el anterior. El viejo replicó con idéntica cuestión. El nuevo viajero contó: "Mi ciudad es hermosa. Su gente es optimista, alegre, pujante. Todos trabajan por el bien común. Son solidarios. Unos le ponen el hombro a los otros. Sus calles son limpias. Va camino a ser una de las mejores del reino". "Y por qué te fuiste?", se inquietó el adulto. "Quiero conocer otras partes del mundo, aprender, relacionarme con otras personas", dijo el muchacho. Entonces el sabio espetó: "Has llegado a la ciudad adecuada. Esta es la mejor del mundo".
Gustavo Dellepiane